Cristina Cifuentes (¿estrella improvisada de la televisión o pérdida de estatus por un puñado de euros?) participa en “Hasta el fin del mundo”, el nuevo reality de TVE, con Alba Carrillo

Hubo un tiempo —no tan lejano— en que Cristina Cifuentes caminaba por los pasillos de la Puerta del Sol con la autoridad de quien sabe que su nombre pesa. Era la presidenta de la Comunidad de Madrid, la “renovación” del PP madrileño, la mujer que hablaba de transparencia mientras la política regional ardía entre másteres imposibles y vídeos inoportunos.
Luego llegó 2018, el año en que la alfombra se levantó y debajo apareció todo aquello que no debía verse. Dimitió, se esfumó y, cuando muchos la daban por amortizada, reapareció… pero en otro plató. Literalmente.
De los plenos de la Asamblea a los platós de Telecinco, Cifuentes ha logrado lo que pocos políticos: reinventarse en directo. Lo suyo ha sido una metamorfosis sin pudor, casi biológica.
Primero, comentarista política en El Programa de Ana Rosa. Después, tertuliana ligera en Sálvame o Ya es mediodía. Y más tarde, concursante en realities que van del misterio (Traitors España) a la gastronomía (MasterChef Celebrity). Ahora, con “Hasta el fin del mundo”, de TVE, su travesía llega a un nuevo puerto: el de la convivencia televisada junto a Alba Carrillo, esa modelo y azote del cotilleo patrio.
Cifuentes y Carrillo, juntas, dicen ser el ejemplo de que una conservadora y una rebelde pueden compartir viaje en una sociedad polarizada. La idea suena bien, casi pedagógica, pero huele también a estrategia de guion: el contraste vende. Y eso, en la televisión pública o privada, sigue siendo la ley sagrada.
La ex presidenta asegura que lo hace por “vivir nuevas experiencias”. Puede ser. Pero cuesta no preguntarse si detrás de tanta exposición hay también una forma de reivindicarse, o incluso de sobrevivir mediáticamente. Porque la política otorga poder, pero la televisión da minutos. Y en un país donde el olvido llega en 48 horas, quizá la pantalla sea la última tabla de salvación de quien fue alguien.
A su favor hay que decir que Cifuentes no engaña. No pretende volver a la política ni se disfraza de tertuliana accidental. Se ríe de sí misma, cocina, opina y juega al mismo nivel que los demás. Y eso, viniendo de una figura que durante años encarnó la solemnidad institucional, tiene su mérito. Ha pasado del plasma al “realismo sucio” de la televisión popular con una soltura que muchos de sus excompañeros ni imaginarían.
Pero también hay algo inquietante en esta deriva. Cada vez que un antiguo cargo público se entrega al entretenimiento, la línea entre lo público y lo banal se difumina un poco más. Lo que antes era símbolo de poder hoy se convierte en meme o en concursante de reality. La cultura de la notoriedad devora incluso a quienes la despreciaron.
¿Es Cristina Cifuentes una estrella improvisada de la televisión? Tal vez.
¿O una pérdida de estatus envuelta en luces de plató? También.
En el fondo, ambas cosas pueden ser ciertas. Porque si algo ha demostrado Cifuentes es que, en la España del espectáculo permanente, se puede caer desde la cúpula del poder…
Y aterrizar de pie en prime time.
La pregunta es si Cristina Cifuentes ¿estrella improvisada de la televisión o un ejemplo de pérdida de estatus por un puñado de euros?
Manuela Alarcón



