El ministro Óscar Puente, su comportamiento sectario e impropio y su festival de barbaridades en X que, aparte del ridículo sectario que ofrece, termina en borrados vergonzosos

En el circo digital de X, donde los políticos deberían medir sus palabras como quien maneja un tren a alta velocidad, Óscar Puente, ministro de Transportes, parece haber olvidado los frenos.
Nombrado para pilotar la movilidad sostenible de España, en realidad lo que mueve con maestría es un torbellino de despropósitos, confusiones garrafales y retractaciones apresuradas.
Sus publicaciones no son meras opiniones: son bombas de relojería que explotan en su propia cara, obligándolo a borrarlas en un ritual humillante que se repite como un déjà vu patético.
¿Un ministro o un tuitero aficionado con resaca?
Analicemos sus “hazañas” en la plataforma, donde la verdad viaja más lento que un AVE averiado.
Tomemos el caso reciente del caos en el metro de Madrid. Puente, en su afán por denunciar las seis semanas de infierno subterráneo que sufre la capital bajo el gobierno de Ayuso, publica una foto… ¡que no es de Madrid!
Un error de principiante, de esos que un becario sabría sin problemas.
¿La solución?
Borrarlo “inmediatamente que lo supe”, como confiesa en un tuit posterior, donde arremete contra los medios por “silenciar” el desastre mientras amplifican su metedura de pata.
¡Qué ironía!
El ministro que presume de eficiencia en infraestructuras confunde una imagen ajena con la realidad madrileña y culpa a la prensa de su torpeza.
¿Cuántos ciudadanos, viendo su credibilidad hecha trizas, ahora dudan de sus promesas de “movilidad sostenible”?
Es el colmo: un timonel ciego guiando el barco público.
Pero no para ahí la comedia de errores. En septiembre, Puente se equivoca de cuenta al reenviar un mensaje halagador sobre su propia gestión en Béjar. El caradura usaba una “cuenta secundaria para tirarse flores”, como admitió con desparpajo y la colgó por accidente en su perfil oficial antes de borrarla “al instante”.
¿Un ministro con alter egos anónimos para autoelogiarnos?
Esto no es transparencia; es un circo de vanidad que roza lo patológico. Mientras el país lidia con retrasos en trenes y atascos eternos, él juega a las cuentas falsas, retractándose como un adolescente pillado en falta. Y no es un desliz aislado: en 2017, borró 50.000 tuits al asumir como portavoz del PSOE, un “limpieza” masiva que huele a pánico por vergüenzas pasadas.
Sus barbaridades no se limitan a errores técnicos; destilan una arrogancia tóxica que confunde crítica con conspiración. Ante un artículo sobre el desplome de la Bolsa argentina bajo Milei, suelta un sarcasmo vacío: “No puede ser. Seguro que hay algún error”.
¿Solución? Ninguna retractación, solo desdén. O cuando acusa al PP de “héroes sin capa” por un voto erróneo en el Congreso, celebrando su propia saña política como si fuera un triunfo.
Puente no debate; insulta y borra si le sale el tiro por la culata, como en aquel tuit sobre una portada falsa de ABC que él mismo difundió por error, retractándose solo cuando le pilla la realidad.
Esta pauta de publicar barbarie tras barbarie –llamando “nazis” a rivales con saludos dudosos, exigiendo rectificaciones a El País por titulares falsos o ironizando sobre bulos que él alimenta– revela un patrón alarmante: un ministro que confunde X con un diario personal, donde la impulsividad prima sobre la responsabilidad.
Sus retractaciones, lejos de redimirlo, lo hunden más: admitió un “error de imprenta” en un emoji de su colección de gestos políticos, como si gobernar fuera un meme.
Puente no es solo un tuitero errático; es un peligro público. En un ministerio clave para la conectividad nacional, sus confusiones en X erosionan la confianza en todo: ¿cómo creer en sus planes de alta velocidad si ni una foto sube bien?
Sus borrados compulsivos no limpian el desastre; lo amplifican, convirtiéndolo en chiste nacional. Debería desconectarse de X y reconectarse con la realidad.
España no necesita un ministro que viaje en el tiempo de los errores, sino uno que acelere hacia el futuro sin chocar contra su propia soberbia.
Basta de retractaciones; hora de dimisión.
El Atalayero






