Un Sánchez, acorralado por la corrupción y abandonado por el mundo, pierde el oremus y alienta a los radicales propalestinos contra La Vuelta y la convierte en vergüenza de España

España ha vivido este fin de semana un espectáculo indigno que ha manchado la imagen del deporte y de nuestro país ante el mundo: La suspensión y el caos en la última etapa de la Vuelta Ciclista a España. Y no, no fue un accidente ni una casualidad. Fue la consecuencia directa de una política de fomento de la crispación. Las palabras incendiarias del presidente del Gobierno Pedro Sánchez, de ayer mismo por la mañana, alentando sin pudor a los radicales propalestinos para que boicotearan la carrera lo confirman
El jefe del Ejecutivo, lejos de pedir calma o garantizar la seguridad de los deportistas, prefirió aplaudir a quienes reventaban la Vuelta, jaleando lo que llamó “movilización del pueblo español por causas justas”.
Es decir, Sánchez bendijo a quienes insultaban, interrumpían y acosaban a ciclistas que nada tienen que ver con la política internacional. Y lo hizo en el colmo de su cinismo, envolviendo su mensaje en los derechos humanos, como si el atropello a uno de los mayores eventos deportivos del país fuese un acto heroico y no la vergüenza que realmente es.
El resultado está a la vista: imágenes de caos, inseguridad, un pelotón boicoteado, aficionados indignados y España convertida en noticia internacional no por el éxito de sus deportistas, sino por la incapacidad de su presidente para comportarse como un estadista.
Lo ocurrido en la Vuelta pasará a la historia como el día en que Pedro Sánchez utilizó la crispación y el gerracivilismo como arma política, arrastrando por el barro el nombre de nuestro país.
Porque aquí no hablamos solo de deporte. Hablamos de un presidente que necesita desesperadamente la tensión en la calle para ocultar la corrupción que rodea a su familia, a su Gobierno y al PSOE.
Un presidente que ve cómo el caso Koldo, las investigaciones a su entorno más próximo y los escándalos que salpican a su partido minan cada día su credibilidad. Y, en vez de rendir cuentas, responde agitando la bandera de la división, alimentando a los radicales y señalando a la oposición como culpable de todo.
Sánchez ha cruzado una línea intolerable: Ha puesto en riesgo la convivencia y ha manchado un símbolo nacional como es la Vuelta Ciclista.
Lo que vimos este domingo no fue una protesta legítima, fue un sabotaje alentado desde la propia Moncloa. Un presidente de Gobierno debe llamar a la calma, a la unidad, al respeto a la ley. Él hizo lo contrario. Y en política, las palabras tienen consecuencias.
La propia Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, lo expresó con claridad: Sánchez no debe echar fuego ni usar el deporte para cambiar portadas y desviar la atención de sus escándalos. Tenía que garantizar seguridad, convivencia y respeto a los ciclistas, y fracasó.
Fracasó porque nunca lo intentó: su objetivo no era proteger a los deportistas ni a la Vuelta, sino azuzar el ruido mediático y presentarse como líder de una causa “justa” que nada tenía que ver con el ciclismo ni con el deporte.
¿Y qué culpa tienen los corredores que se preparan durante meses para disputar la gran ronda española? ¿Qué culpa tienen los equipos internacionales, incluido el de Israel, que vinieron a competir en paz y se encontraron con una emboscada política?
Ninguna. Y, sin embargo, fueron ellos los sacrificados en el altar de la propaganda de Pedro Sánchez.
Lo ocurrido este fin de semana es una vergüenza para España, un episodio lamentable que ningún país democrático debería tolerar. El presidente del Gobierno ha utilizado la Vuelta Ciclista como escenario de su guerra política, ha dado alas a los radicales y ha provocado la suspensión de la prueba. Y eso tiene un nombre: irresponsabilidad. Una irresponsabilidad que merece una condena unánime y que, en un país serio, exigiría su dimisión inmediata.
Pedro Sánchez ya no gobierna, solo maniobra. Ya no piensa en España, solo en su supervivencia. Ya no busca la convivencia, sino la crispación permanente. Y el precio lo pagan los ciudadanos, los deportistas, nuestra imagen internacional.
Lo ocurrido en la Vuelta lo demuestra: La deriva sectaria y corrosiva de este presidente no tiene límites.
Y si España no reacciona, pronto descubriremos que no queda institución, símbolo o tradición a salvo de la obsesión enfermiza de Sánchez por dividir y manipular.
Amén.
Juan Pozuelo





