La vuelta del Olímpico Femenino a la División de Honor no puede quedar en un solo y simple ascenso sino en un símbolo de identidad de una ciudad que carece de sentimientos en común

En Pozuelo de Alarcón se respira rugby. Aunque no lo parezca. Lo hemos contado muchas veces. Es difícil entender la vida deportiva de esta ciudad sin pensar en una melé, un placaje o un balón ovalado surcando el aire en el Valle de las Cañas.
Durante años, el rugby se ha consolidado como uno de los pilares deportivos de la ciudad, no solo por el número de equipos, de licencias o afición, sino por el carácter que imprime: Esfuerzo colectivo, respeto, humildad y una pasión que va mucho más allá del marcador.
Podría ser el programa político de cualquier partido pozuelero.
El problema es que Pozuelo de Alarcón no es una ciudad al uso. En esta ciudad no hay sentimiento de pertenencia y sus vecinos no muestran interés en nada que no afecte a su urbanización. Pozuelo es una Federación de Urbanizaciones. Y el rugby pozuelero tendría que ser el deporte del que todos se sintieran orgullosos para que salieran de esas zonas de confort.
En Pozuelo, el rugby es más importante que el fútbol. Es élite y con eso el fútbol ni siquiera puede soñar. O no quiere.
Y dentro del rugby, el Olímpico de Pozuelo se ha ganado un lugar especial. Y si hay un equipo que representa mejor que nadie la lucha, la constancia y la capacidad de superarse, es su sección femenina. Los niños de Pozuelo deberían ya discutir sobre sus figuras pasadas o actuales pero no hay voluntad política para lograr ese objetivo. El Gobierno actual, como el anterior, se conforma con dar subvenciones y allá cada cual.
Lo que está ocurriendo con los vestuarios del campo de rugby es un escándalo de aurora boreal.
Por eso, cuando este domingo pasado (18 de mayo) el Olímpico de Pozuelo Femenino logró el regreso a la División de Honor femenina, tras un año de altibajos, dudas y reconstrucción, es algo digo de resaltar.
Es un hito que va mucho más que un ascenso: Es un ejemplo en el que esta ciudad debería mirarse. Empezando por la alcaldesa pero no solo con un tuit de felicitación.
El Valle de las Cañas, ese escenario cargado de simbolismo pozuelero fue el escenario. El rival, el Eibar Rugby Taldea, también llegaba con la ambición de volver a la élite.
El inicio del encuentro no fue el mejor para las locales que encajaron dos ensayos en la primera media hora y vieron cómo el marcador se ponía 0-12.
Pero este Olímpico femenino sabe vivir con el viento en contra. Poco antes del descanso, la capitana Miriam Vega rompía la defensa vasca y posaba el balón en la zona de marca, recortando distancias. Chiara Pisu transformaba con acierto y dejaba todo abierto para la segunda mitad.
Lo que ocurrió tras el paso por vestuarios fue un ejemplo perfecto de cómo se gana un ascenso con carácter.
Las jugadoras del Olímpico se adueñaron del ritmo del partido, empujadas por una grada entregada y un cuerpo técnico que no dejó de alentar.
Pisu volvió a aparecer para igualar el marcador y, desde entonces, el control fue pozuelero.
Aunque las oportunidades de ensayar se acumulaban sin terminar de romper la igualdad, el esfuerzo tuvo recompensa. En el minuto 74, Regina Huertas conectó con Blanca Barriuso, que encontró el hueco definitivo y posó el balón para el ensayo de la victoria.
El 17-12 final desató la locura en las gradas y el orgullo en un equipo que sabía bien lo que significaba ese momento.
Insisto, este ascenso no es solo una recompensa deportiva a la ilusión y al esfuerzo, es la culminación de un proceso en el que jugadoras, entrenadores y aficionados han apostado por creer.
Es el reflejo de una institución que, a pesar de los problemas de infraestructuras o de los altibajos en los resultados, repito, ha mantenido su esencia. Y, desde luego, un mensaje claro al rugby nacional: el Olímpico de Pozuelo femenino está de vuelta. Su sitio está entre los grandes y vuelve con ellos.
Para Pozuelo de Alarcón, este éxito tiene que ser algo más que un trofeo o una simple subida de categoría. Tiene que ser un símbolo de identidad de unos vecinos que carecen de un sentimiento de pertenencia a una ciudad. Un recordatorio de que el rugby merece apoyo, visibilidad y recursos porque es fundamental para esta ciudad sin alma que necesita un motivo de orgullo.
Y es que, lejos del oropel, cuando un equipo trabaja con humildad y convicción, los sueños -por muy lejanos que parezcan- acaban volviendo a casa.
Este equipo debe volver a la senda de los grandes triunfos que los vecinos de Pozuelo no supieron valorar. Ni siquiera lo supo el propio club. Quizá también porque el Gobierno no supo entenderlo…
Y es que, amigo, el rugby en general y el femenino en particular de esta ciudad debe ser uno de los pilares en los que se sustente el principio del fin de los mil Pozuelos… Lo hemos reclamado muchas veces… Solo se puede salir de ese drama a través del Prestigio y el Rugby lo puede dar.
Pozuelo de Alarcón tendría que ser La Ciudad del Rugby…
Juan Manuel Sánchez






