El fantasma de don Agustín (privilegiado espectador) examina el Pregón de las fiestas (tan corto como un penalti) y observa a las personas que estaban en el balcón y su futuro

Nadie en la plaza lo gritó.
Es cierto que hubo poco tiempo, porque el prestigioso futbolista, más que a dar un pregón, parecía que le habían citado para tirar un penalti. Y, de esa forma, todo resultó un “visto y no visto”. Hasta las bandas de música, sorprendidas por la escasa duración de la perorata, tardaron en recomponer las filas para entonar el himno nacional.
Pero el caso, es que nadie en la plaza, desconozco si lo hizo alguien de los situados en el balcón, se atrevió a repetir la frase de aquél lugareño de la película de José Luis Cuerda. Me refiero a aquella de: “¡alcalde, todos somos contingentes, pero tú eres necesario”!
Menos mal que el lanzamiento del cohete dio a entender a todos los allí congregados que las fiestas habían comenzado oficialmente. La gente, los vecinos, estaban deseosos de fiestas y lo del balcón era solo un pretexto para dar comienzo al bullicio y a los sones de las charangas.
Y es que, aunque muchos se obstinan en no reconocerlo, para las fiestas en particular y para todo en general, los únicos necesarios son los vecinos. Los que verdaderamente son contingentes son los que están en el balcón, que no pasan de ser simples actores, muy secundarios, con un papel más o menos largo en la función.
Pero este año, esa verdad quedaba aún más patente en los que ocupaban la plaza. Ya, a partir de ese cohete inaugural, todo empieza a ser una cuenta atrás en la que los segundos, los minutos, las horas y los días cada vez van siendo menos.
Voy a guardar muy bien en la memoria la imagen de ese balcón y de quienes allí estaban. La voy a guardar muy bien, para poder compararla con la de las próximas fiestas patronales. Lo voy a hacer para ver quienes van a volver a estar en ese balcón y quienes no. Y también para ver quienes no estaban este año y sí en el próximo.
Me temo, que este a lo largo de estos meses, Nuestra Señora de la Consolación, patrona es esta villa va a tener que hacer honor a su advocación y estar presta a repartir mucho consuelo, porque, con mucha probabilidad, mucha falta les va a hacer a más de uno que va a ver peligrar su cómodo sillón.
Pero, de momento las fiestas siguen, y lo hacen, afortunadamente, inmunes a todo este rollo de la política. Tienen ese componente ancestral que las hace perdurar, que se transmite de generación en generación.
Puede que, con el paso del tiempo, vayan variando algo las formas en que se llevan a cabo, pero mantienen firmemente su esencia.
Son, a fin de cuentas, toda una gran mezcla de sentimientos personales en los que la razón encuentra poco espacio.
Don Agustín “el Fantasma del Torreón”





