El Fantasma de Don Agustín, en modo pesimista o bien informado, se hace una serie de preguntas sobre las dos Españas a raíz de la imagen de una mano convertida en una pistola

Sí, crispación, esa es la palabra que mejor define la situación actual.
Crispación, de momento, en la clase política del nuestro país, pero que se puede trasladar a los ciudadanos, si no se ha hecho ya.
¿Por qué nos cuesta tanto a los españoles meternos en la piel de los de enfrente e intentar ver las cosas desde una perspectiva distinta a la nuestra?
¿Por qué tendemos a considerar nuestra verdad como la única verdad?
¿Por qué volvemos, una y otra vez a caer en el error, en el grave error, de considerar enemigos a aquellos que no piensen como nosotros, que no sientan lo mismo que nosotros?
¿Por qué en vez de sentarnos a discutir, a confrontar nuestras opiniones; nos dedicamos a insultar y a denigrar al contrario?
¿Por qué, una vez alcanzado el poder, queremos aplastar y negar hasta el pan y la sal a los contrarios?, cuando al hacerlo, en realidad, estamos yendo, no sólo contra los que ocupan cargos públicos, sino, y es lo más sangrante, contra todos los ciudadanos que no nos apoyan.
No hemos cambiado nada. La historia, nuestra historia, parece que no nos ha enseñado nada. O, que nos lo ha intentado enseñar, pero no hemos querido aprenderlo.
Somos apasionados, demasiado apasionados. Tenemos el corazón caliente. Sentimos hasta los colores de un equipo de fútbol, no tanto por los colores de ese equipo como para poner de manifiesto que estamos contra los colores del equipo rival.
Nos definimos más, por estar contra otros, que por ser nosotros mismos.
De eso, a apuntar a los de enfrente como si nuestra mano fuese una pistola, el camino es corto.
La política nació para intentar solucionar los problemas de convivencia de la sociedad, para sustituir el garrote por la palabra, la ley de la fuerza por la ley de la razón.
Pero aquí y ahora, parece como si quisiéramos conseguir que los contrarios entrasen en razón a base de utilizar únicamente la fuerza.
Es triste, muy triste, que en una situación tan grave como la que atravesamos no seamos capaces de darnos cuenta de que nos necesitamos todos, de que son necesarias las aportaciones de todos.
Y resulta grave, muy grave, que se olvide que gobernar significa pensar en todos, poner en marcha medidas que contribuyan al beneficio general. Porque determinadas actuaciones, determinados comportamientos, parecen surgidos más del instinto de venganza que de la cordura y de la responsabilidad.
No puedo remediarlo. Hoy, ya lo habrán podido advertir, me siento un poco pesimista. O, tal vez, solo soy un optimista bien informado. Para vencer ese pesimismo, únicamente me puedo agarrar a aquello que dijo, hace ya tiempo, alguien sobre los españoles: que somos un pueblo muy duro porque es capaz de sobrevivir, a pesar de sus gobernantes.
Don Agustín “El Fantasma del Torreón”





