El Fantasma de don Agustín reflexiona sobre la crisis política de Pozuelo (provocada por el coronavirus) y se hace una pregunta: ¿Sabrá la alcaldesa estar a la altura política precisa?
He estado repasando varias veces las grabaciones de los tres plenos del pasado jueves. Y lo he hecho porque tenía la duda, la gran duda, de si en ellas podía aparecer mi imagen. No estoy muy habituado a eso de las nuevas tecnologías y tenía cierto miedo a que las cámaras pudiesen delatar mi presencia en la sala.
Yo sí estaba allí de forma presencial, fantasmal debía decir, y no telemática como lo estaban un buen número de concejales. No me podía perder tal acontecimiento. Echaba mucho de menos palpar la actividad política, escuchar a los portavoces de los distintos grupos y apreciar en directo tanto su comportamiento como sus aportaciones en pro de atajar las graves consecuencias de la situación por la que atravesamos.
Fue una mañana larga y algo tediosa, he de reconocer. Esto de la crisis ha desatado un desaforado afán por los soliloquios en los que nos gobiernan. Deben pensar que lo mejor, para no decir nada, es hablar mucho y lo están poniendo en práctica de forma exasperante. Algunos están siendo maestros en este arte y están dando lugar a la proliferación de discípulos aventajados.
Flotaba en el ambiente una cierta contención en las intervenciones. Se quería fiscalizar y controlar la gestión del gobierno, pero no demasiado. Se quería discrepar, pero no con contundencia. Se debía transmitir la imagen de parecer tirar todos del mismo carro. De sumar voluntades para intentar salir adelante. Por eso se intercambiaron agradecimientos, muchos agradecimientos, quizás demasiados.
Se puso en escena, aquí en Pozuelo, la misma obra que hemos visto representar varias veces en el Congreso de los Diputados. Una obra dramática que encierra una trampa, una trampa antidemocrática, la de estar obligados a asentir con el que gobierna por mor de ser acusado de deslealtad. De no querer contribuir al bien general, si se discrepa.
Se piden adhesiones inquebrantables. Apoyos incondicionales, no ya a políticas consensuadas., sino a políticas unilaterales cuando no unipersonales.
Se olvida que la lealtad no está reñida en absoluto con la crítica. Es más, la crítica es necesaria e imprescindible para el curso de la actividad democrática. Donde no hay crítica, la democracia no existe.
Nadie puede arrogarse el monopolio de la verdad absoluta. Y por eso se necesita, no solo el control, sino las aportaciones que puedan derivarse de ver los problemas desde ángulos distintos.
No es momento de ceder a la tentación de querer estar “solo ante el peligro” e intentar monopolizar los resortes del poder en beneficio propio. Es momento de consensos. De avanzar en el diálogo. De reconocer errores y de realizar autocrítica. De sentarse y de hablar. De buscar grandes acuerdos para el beneficio de todos.
Un camino en el que, para recorrerlo, sobra la soberbia y para el que se precisan unas grandes alforjas de humildad y de empatía.
¿Sabrá estar el equipo de gobierno a la altura que se precisa?
Don Agustín “El Fantasma del Torreón”





