Reflexiones de un pozuelero encerrado en casa sobre la pandemia del coronavirus, la telemática como arma de lucha en lo que uno cree y el activismo de los teclados

Cuando empezó el encierro en casa debido a la pandemia, pensaba que iba a ser una oportunidad de aprovechar mejor el tiempo. Podría dedicar más horas a mi familia, a leer esos libros que se van acumulando en la mesa, a escribir cosas que tenía en la cabeza hacía mucho, a ver o volver a ver algunas películas, a escuchar música, a hablar con amigos y recuperar contactos…
Pero ese tiempo que esperaba aprovechar tan bien, empezó a ser ocupado por docenas de mensajes de WhatsApp y emails. Me resultaba imposible ver tanto vídeo, escuchar tanto audio y leer tanto texto como recibía. Me agobiaba no poder hacer caso y contestar a todo lo que me mandaban mis amigos. La telemática ofrece unas oportunidades increíbles, pero todo lo bueno tiene también su lado oscuro.
Este intenso flujo de mensajes se incrementó aún más cuando, como tantos otros, vi que la situación política estaba muy enrarecida. Si a nivel municipal, la inoperancia de nuestro Ayuntamiento de Pozuelo era notable, a nivel nacional, ciertas decisiones, negligencias y manipulaciones estaban poniendo en peligro la vida de muchas personas. Y lo que era peor si cabe, nuestras libertades e incluso nuestro sistema democrático parecían amenazados. No podía callarme ante tanto sectarismo, incompetencia, mentiras y riesgos para nuestra economía, cultura y sistema político.
No quería ni quiero renunciar, permaneciendo de brazos cruzados, a los derechos individuales que me reconoce la legislación actual. Miedo me daba pensar en lo que podría ocurrir cuando la pandemia fuera derrotada y por fin saliéramos de casa, pero para encontrarnos con una economía muy dañada y un desempleo desbocado.
Fue entonces cuando el encierro convirtió a las redes sociales, más que nunca, en el arma para luchar por aquello en lo que creo, que veo peligrar y que quiero defender.
Recibía mensajes de todas las tendencias políticas, que me permitieron conocer e intentar comprender puntos de vista muy diferentes. Vi lo difícil que resulta encontrar personas con capacidad de diálogo, de entender otras posiciones e ideas, de respetar las reglas democráticas con todos, no solo con los ideológicamente afines y, en definitiva, de estar dispuestos a coexistir en paz.
Estás críticas las dirijo sobre todo a los partidos cuyos militantes y simpatizantes siempre dan por bueno lo que hacen y dicen sus jefes. No existe la crítica interna, ni parece que quede capacidad individual de pensar. Siempre tienen culpables para los males del país: que si las empresas del Ibex 35, que si los ricos, que si los empresarios, que si la globalización, que si la Iglesia, que si Franco…. ¿Seré yo el próximo culpable?
El desconocimiento de la historia es otro grave problema origen de muchos males. Casi todo el mundo se acuerda de lo que pasó en los regímenes totalitarios, pero solo de las dictaduras de derechas. No hace falta recordar lo que ocurrió durante el nazismo. Pero lo acontecido en la Unión Soviética a lo largo de tantos años, antes, durante y después de la dictadura de Stalin, no parece estar tan presente en la memoria colectiva.
El muro de Berlín cayó el 9 de noviembre de 1989, pero muchos parecen haberlo olvidado y muchos más parecen ignorar por completo las causas. Triste consuelo es que tengamos el ejemplo muy actual de Venezuela.
Con todas las limitaciones, aspectos mejorables, debilidades, riesgos e injusticias que tiene nuestro sistema actual, es el mejor, o si se prefiere el menos malo, que hemos tenido nunca. Por eso vale la pena defenderlo y, sobre todo, mejorarlo. Las deconstrucciones de las estructuras políticas y sociales, es decir destruirlas para luego reconstruirlas al gusto del que gana, han provocado siempre mucho sufrimiento y muchas muertes.
Algunos políticos parece que siguen cobrando por no hacer nada (de eso sabemos bastante en Pozuelo). Pero otros de más nivel, cegados por su ideología o ambición de poder, tienen una visión muy particular del mundo y la sociedad en que vivimos, y son una amenaza para la mayoría.
Aprovechemos lo que de razonable pueda haber en sus ideas, pero intentemos impedir que pongan en práctica las que no son tan razonables. Aunque de momento lo hagamos encerrados en casa por culpa de la pandemia, aprovechando los recursos telemáticos que nos brinda la tecnología. Es tiempo de gritar, pero no ¡A las armas! sino ¡A los teclados!
Juan Alatriste






