El Fantasma de don Agustín hace una alegoría de la política actual ¿acaso del PP? en la que se teme al disidente y no se busca rodearse de los mejores sino solo de los que cumplen órdenes

Nada ha cambiado en esta nuestra España. Llevo siglos viendo representarse el mismo argumento. Cambian, eso sí las circunstancias, los escenarios, pero el drama sigue siendo el mismo.
Hoy a alguien como Quevedo, no creo que se llegasen a encarcelar o desterrar, pero estoy convencido que sería vilipendiado en las redes sociales. No le admitirían ni los unos ni los otros. Se sigue sin tener la suficiente capacidad para tolerar a aquellos espíritus libres. Se continúa sin poder soportar a los heterodoxos. El poder lo trataría de silenciar.
Los que únicamente siguen su propia conciencia, los que tienen criterio propio, quienes se atreven a tener una opinión y que no sigua las directrices que se marcan desde arriba, deben ser proscritos y acusados de traición.
Seguimos confundiendo la lealtad con el vasallaje.
Es cierto que las normas han cambiado, que lo que se consideraba moralmente aceptable hace tiempo, no es lo mismo que se mantiene ahora. Pero ni antes ni ahora se puede ir contra esas normas. Unas directrices que se imponen desde el poder y que tienen que ser, sino aceptadas, por lo menos seguidas a rajatabla.
La inquisición cabalga de nuevo.
Se tiene en la cabeza un modelo de sociedad y se pone todo el empeño en que esa sociedad termine siendo como se pretende. Si en otros tiempos eso era más complicado, ahora con la facilidad que permiten tanto la comunicación como las redes sociales, todo resulta más sencillo.
Y por si eso no bastase, se cuenta con la educación. Mejor dicho, con el control de la educación. Porque no se busca enseñar para que los alumnos aprendan a pensar, sino que lo que se pretende es que nadie se salga del rebaño. No se busca que cada alumno se forme lo mejor posible, sino que todos alcancen el mismo nivel de ineptitud.
Dicen buscar la igualdad para todos, pero la quieren en el nivel más bajo posible. Algo que no deja de tener cierta lógica, porque así, en el futuro, habrá menos posibilidad de que aparezcan voces discrepantes.
Y la supremacía de la ortodoxia oficial aparece en todos los niveles del poder, sea este el que sea. En todos, se teme al que disiente y, por eso mismo, se le intenta acallar. Algo que no tiene otra posible explicación que la falta de seguridad en uno mismo, en lo que se mantiene y en lo que se predica.
No se busca, en ningún caso, rodearse de los mejores, sino de aquellos que únicamente sirven para cumplir órdenes. Pareciese como si anduviésemos faltos de líderes y sobrados de sargentos.
Y ya que he mencionado a Don Francisco de Quevedo, no me voy a resistir a terminar con una de sus más conocidas frases:
“El valiente tiene miedo del contrario; el cobarde, de su propio temor”.
Lo suscribo.
Don Agustín “el Fantasma del Torreón”






