La talla de Nuestra Señora de la Consolación, Patrona de Pozuelo, cumple 70 años y es obligado rendir homenaje a su autor el imaginero Víctor González Gil. Un artículo de Juanjo Granizo

Con la guerra civil recién acabada, en la primavera de 1939, la Junta directiva de la Congregación de Nuestra Señora de la Consolación de Pozuelo de Alarcón acometió apresuradamente la compra de una nueva talla de la Virgen con la que reemplazar a la anterior destruida en 1936.
El encargo recayó en el escultor José Font. Pero por lo que dicen los mayores y por lo que se ve en las pocas fotografías conservadas, la imagen no era del agrado del pueblo.
Lo cierto es que en 1948, todavía inmersos en una situación complicada en lo económico, se decidió adquirir unas nuevas andas procesionales por casi 8.000 pesetas de la época. Algo que no se entiende si no estaba acompañado del cambio de la talla de la Virgen.
Lo cierto es que en el libro de actas de la Congregación no se hace mención a la compra de una escultura. Pero en los libros de contabilidad hay un desembolso de 4.000 pesetas por la adquisición de una nueva talla.
El escultor escogido para la difícil tarea de hacer una nueva imagen de la Patrona -todavía faltaban 10 años para que fuera alcaldesa- fue el talaverano Víctor González Gil, considerado en esa época como uno de los mejores de la villa y corte.

Víctor González nació en 1912 y pertenece intelectualmente a la generación del 27. De orígenes muy humildes completó sus estudios en 1935 con grandes honores gracias a varias becas y en 1936 logró una plaza de profesor de dibujo de educación secundaria en Madrid de la que no llegó a tomar posesión por el estallido de la guerra.
Era amigo personal del poeta Miguel Hernández que se alojó en la casa del escultor en Madrid, según cuenta Francisco Umbral en El País del 3 de agosto de 1976. Al parecer, el poeta se pasaba la mañana literalmente subido en la parra del patio hasta la hora de comer.
Acabada la guerra, no tuvo más remedio que ganarse la vida con lo que había, ya que hasta el año 1966 no pudo recuperar su plaza de profesor.
Y lo que había era hacer santos y vírgenes, faceta en la que González alcanzó algún renombre, tanto en la capital, como fuera de ella.
En 1943 talló la imagen del Cristo de la Fe, que se venera en la Iglesia del Carmen de Madrid, donde está enterrado nuestro primer mayorazgo Gabriel Ocaña de Alarcón y que llegada la Cuaresma es sacada en Vía Crucis por la Hermandad de los Gitanos con el acompañamiento musical del grupo de capilla de La Lira de Pozuelo.
Este trabajo le granjeó un gran prestigio en los círculos cofradieros madrileños, por lo que le empezaron a llover los encargos.
Entre ellos, destacan los dos que hizo para la Hermandad del Silencio de Madrid. En 1945 entregó Nuestro Padre Jesús del Perdón y un año después, el conjunto de la Oración en el Huerto. La primera de ellas, recientemente restaurada, ha vuelto a salir de procesión en la noche del viernes santo convirtiéndose en uno de los grandes valores artísticos de la Semana Santa de Madrid por su innegable calidad. El segundo encargo se conserva en la iglesia de la Hermandad en la calle Atocha, aunque hace mucho que no sale en procesión.
Cuando la Congregación, presidida por Pedro Gómez Ester contactó con él, en 1948, Víctor González Gil era una apuesta segura y un valor en alza. En el contrato firmado el 10 de julio figura como motivo la “reconstrucción de la imagen de la Virgen de la Consolación, ajustándose a diseño presentado”. Por estos trabajos la Congregación abonó 2.000 pesetas a la entrega de la escultura el 20 de agosto y 2.000 en el mes de septiembre.
Por tanto, este mes de septiembre, celebramos el 70º aniversario de la llegada de la actual imagen de Nuestra Señora de la Consolación.
Como ya se ha dicho, llama la atención que no conste en el libro de actas acuerdo al respecto, pero si asiento contable e incluso, copia del contrato con el escultor que se adjunta como documento gráfico.

También es curioso el empleo del término “reconstrucción” que induce a la confusión, pues podría hacer referencia a la reforma de una imagen previa o a la reconstrucción de la imagen desaparecida en 1936, que es lo que parece más lógico.
El zenit de Víctor como escultor llegó en 1960 con la entrega del Cristo de la Victoria de Serradilla para la hermandad del mismo nombre de Madrid y que actualmente se venera en la Iglesia de San Millán y San Cayetano. Con esta obra ganó una medalla de oro en un concurso y se da la curiosidad de que hay dos copias de ella: una enviada en misión a Perú y otra a la Unión Soviética en 1967 y que es una de las pocas, si no la única, imagen religiosa que entró en la Rusia Comunista tras la revolución de 1917. Actualmente se conserva en una fortaleza en Moscú.
Se conocen de él unas 120 imágenes religiosas, 12 retablos y 14 pasos de semana santa. A partir de 1975 cambiaron los vientos y casi desaparecieron los encargos religiosos. Aún así mantuvo una buena actividad de escultor en el campo civil.
Pero Víctor González fue mucho más que un imaginero….escritor y fotógrafo, en los años 50 capitaneó una de las primeras vanguardias culturales de la época llamada Vivencialismo reuniéndose en la tercera tertulia del café Gambrinus de Madrid.
Los clientes de González hablan maravillas de él. Conocedor de las estrecheces que muchas hermandades pasaban, nunca fue avaricioso en los precios ni metió prisa por cobrar sus deudas. El bueno de Don Víctor se asentó en Madrid, de donde no saldría hasta su muerte ocurrida en 1992 a los 80 años de edad, teniendo su último taller en la calle de Fernández de la Hoz, donde también vivía.
En 1991, poco antes de que concluyeran las obras de restauración y consolidación de la capilla donde se venera la imagen de la Patrona y Alcaldesa construida para enterramiento de Don Francisco de Húmera, la Congregación logró contactar con él de nuevo para arreglar algunos desperfectos.
En aquel momento, le quedaba menos de un año de vida a Víctor González Gil.
Sus manos temblaban claramente. Ya no era el artista que fue. Conservaba la ilusión y el recuerdo por su Virgen de Pozuelo, pero ya no tenía la destreza que requiere tan delicado y esmerado trabajo.
Lo poco que se hizo fue realizado por su hija Prado, licenciada en Bellas Artes, compañera inseparable en el taller y celosa guardiana de la memoria de su padre.

Desde entonces la Consolación sigue esperando unas manos fervorosas, pero expertas, que curen las heridas sufridas en estos 70 años siendo “Orgullo de Nuestro Pueblo”. Una expresión que reza en lo alto de su capilla, que por cierto, fue seleccionada por el recientemente fallecido Don José Manuel Carranza.
Juan José Granizo






