El alcoholismo en los jóvenes es ya una epidemia de consecuencias que aún no somos capaces de calibrar. Afecta más al cerebro de lo que se pensaba hasta ahora. Un artículo del doctor Juan José Granizo

Hace unos pocos días, una persona me comentaba la conversación que un grupo de adolescentes mantenía, sin ningún tipo de pudor, en un autobús.
El tema de la misma era la borrachera que tenían planeado coger el próximo fin de semana. Daba igual el sexo que el curso, los doce chicos y chicas tenían un mismo objetivo. Llegados a una parada, se bajaron y entraron en un prestigioso colegio privado de Pozuelo.
En uno de esos escasos ratos en los que veo la televisión, Telemadrid anunciaba que el 25 % de las intervenciones del SAMUR como consecuencia de intoxicaciones etílicas atendidas por ellos se producen en menores de edad.
El consumo de alcohol en jóvenes se está convirtiendo en una epidemia cuyas consecuencias todavía no somos capaces de calibrar. Pocos problemas de salud pública hay tan graves y urgentes como este.
En cifras, el problema es de esta manera: La edad media en la que se inicia el consumo es a los 13-14 años. Es una media, lo que quiere decir, que muchos lo hacen antes de esa edad.
Seis de cada diez adolescentes se ha emborrachado alguna vez y uno de cada tres lo ha hecho en el último mes. Vuelva a leer este dato, porque es gravísimo.
En los últimos años, el consumo parecía haberse estabilizado, pero está de nuevo repuntando con un nuevo fenómeno y es que las chicas se están sumando a gran velocidad a este hábito, bebiendo tanto o más alcohol que los chicos.
Uno de los aspectos más preocupantes es el impacto del alcohol en personas tan jóvenes.
El desarrollo de nuevas herramientas de imagen en la neurociencia nos está ofreciendo datos espeluznantes, impensables hace años, que solo se podían intuir pasando laboriosos test a los adolescentes.
A estas alturas existen abundantes pruebas de que el alcohol, incluso a dosis bajas, ocasiona a corto plazo una reducción de memoria y de la capacidad de aprendizaje, deteriora la atención, la toma de decisiones y aumenta la impulsividad y la depresión.
Los adolescentes bebedores tienen peores resultados escolares en término medio.
El cerebro no se puede considerar maduro completamente hasta los 21 años. El alcohol interfiere y daña esta maduración. Si el consumo es puntual, es efecto es temporal, cuando se mantiene en el tiempo, el daño es permanente.
Por tanto, un adolescente bebido está menos inhibido y es más impulsivo.
Perderá el control de lo que bebe más fácilmente que un adulto, con lo que tiene más riesgo de sufrir un coma etílico.
Realizará conductas peligrosas, lo que puede traducirse tanto en un accidente, peleas o mantener relaciones sexuales sin ningún tipo de protección con las consecuencias que ello puede tener en términos de embarazos o enfermedades de transmisión sexual.
Cuando se recupere de la intoxicación aguda, su capacidad de aprendizaje y memoria seguirán tocadas, quizás para siempre. Y su ánimo quedará afectado por que el alcohol aumenta el riesgo de depresión.
Un chaval que bebe tiene mucho más riesgo de llegar a ser alcohólico de adulto o de tener adicciones a otras sustancias.
En adultos, el alcohol es más tóxico en mujeres que en hombres. No solo por que las mujeres tienen menos masa corporal si no porque su hígado no metaboliza el alcohol con la misma eficacia que el de los hombres.
En chicas ocurre lo mismo y una copa tiene un efecto mucho más acusado en ellas que en ellos.
La sociedad cierra los ojos a este problema. De vez en cuando, algún adolescente muere como consecuencia de una intoxicación y se arma algún revuelo que dura más bien poco. Ni los chicos tienen percepción del riesgo, ni la sociedad parece tenerlo y cuando se proponen medidas para atajar el problema, estas caen entre la indiferencia cuando no en el rechazo más abierto, como ha ocurrido y ocurre con las medidas contra el tabaco.
El motivo habitual por el que nuestros jóvenes beben, al menos según lo que ellos mismos dicen, es por socializarse. Se desinhiben, se relacionan con otros, forman parte de una manada (empleo el término a sabiendas de su connotación, pero somos animales sociales y así es como nos comportamos con demasiada frecuencia, considerando que la pertenencia a un grupo nos da alguna protección).
En chicos, uno de los motivos es la “reputación”. Se lo explico: beber más que nadie les convierte en el macho dominante de la manada, les hace ganar prestigio social según su percepción.
Pero esto, en mi opinión, no es más que la corteza del problema.
Posiblemente, sus hijos les han visto beber y quizás les han visto beber mucho y subirse al volante. A diario reciben de los medios de comunicación el refuerzo de la publicidad, series o programas de radio donde se relativiza cuando no se ensalza el consumo de alcohol. Los grandes fabricantes de alcohol patrocinan actos benéficos y deportivos.
A menudo la adolescencia es un periodo difícil y el aburrimiento, la rebeldía, la falta del confianza o la depresión les pueden llevar a abusar del alcohol y de otras sustancias que pueden adquirir con gran facilidad.
Y a pesar de que nuestra juventud, como nosotros mismos, estamos desbordados de información, saben en realidad muy pocas cosas.
La responsabilidad de este problema la tenemos todos, como sociedad e individualmente.
Soluciones hay. Islandia ha pasado de tener la juventud con más hábitos de riesgo de Europa a ser una de las más saludables en unos pocos años.
Las claves de la acción del gobierno islandés son perfectamente asumibles:
En primer lugar, monitorizar el problema de manera constante para estar atentos a los cambios en los hábitos y la llegada de nuevas “modas” entre los jóvenes, algo fundamental en estos tiempos en que YouTube se ha convertido en una fuente de información primordial de los adolescentes.
Las acciones se deben plantear de manera específica según las características de cada comunidad (es obvio las diferencias sociales son importante).
Las soluciones se deben pactar con todos los actores sociales, no solo administraciones públicas, también empresas, asociaciones de padres, deportivas, culturales….
Uno de los pilares del éxito islandés es que hay que impartir formación siempre, a todas horas y en todos los sitios donde hay jóvenes.
Otro de los aspectos es la inversión en actividades públicas recreativas. El mayor enemigo del consumo excesivo de alcohol es el deporte y la vida sana, llenando ésta de música, danza, teatro, talleres de arte….
La medida más extrema del programa islandés es la restricción de que los adolescentes anden solos por las calles a partir de determinadas horas. Es una medida que limita las horas que los chavales pueden estar solos por los calles sin control de un adulto y que tiene, innegablemente, un peso social muy importante.
Pensemos que la mayoría de los adolescentes llegan después de las 23 h a su casa. Si usted tiene más de 50 años, como es mi caso, piense a qué hora llegaba a su casa un sábado y compare.
En España ya se ha puesto en marcha la limitación de venta del alcohol a partir de ciertas horas. Estas medidas pueden parecer extremas, pero para los que trabajan en urgencias hospitalarias saben que hay una hora crítica a partir de la cual se disparan los problemas relacionados con el alcohol.
Cuanto antes se llegue a casa, cuando antes se deje de vender alcohol, menos problemas habrá.
Por último, Islandia ha prohibido toda la publicidad del alcohol de cualquier forma. Algo que en España, cuando se ha propuesto, ha tropezado con la resistencia de más de media sociedad.
El resultado de Islandia es que su consumo de alcohol en jóvenes ha pasado del 48 % al 5 %. El de marihuana del 17% al 7 %. El de tabaco del 23 % al 3 %.
La decisión es nuestra: somos nosotros los que tenemos que decidir qué es lo que priorizamos. O la salud u otros intereses. Algunos incluso pueden parecer legítimos, pero si nos paramos a pensarlo, quizás no lo sean tanto… o sencillamente, es que solo queremos vivir cómodamente.
Juan J. Granizo, especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública





