Tejero está intentando buscar un Recinto Ferial sin entender que, cuando las fiestas pierden su vínculo con los vecinos que las celebran, se convierten en un mero evento artificial y ajeno

El debate sobre el traslado del recinto ferial en Pozuelo de Alarcón (al menos entre los lectores de El Correo de Pozuelo) vuelve a poner sobre la mesa una cuestión más profunda que la simple ubicación de una gran carpa o de un escenario.
Se dice que la alcaldesa Paloma Tejero estudia mover el recinto desde la Avenida de Europa hasta los aparcamientos del Polideportivo Valle de las Cañas. Es posible. No lo sé. Es igual. A donde lo quiera trasladar, da igual. Porque el verdadero problema no es dónde se coloquen las instalaciones festivas sino qué sentido tienen realmente esas instalaciones en esas fiestas.
La sensación entre muchos vecinos es que se está empezando la casa por el tejado. Antes de diseñar grandes espacios, contratar conciertos o planificar grandes concentraciones, debería existir algo fundamental: Una necesidad real de celebrar algo. Y esa necesidad, en el caso de Pozuelo, no parece estar claramente definida a nivel gubernamental.
Históricamente, las celebraciones en Pozuelo han tenido un carácter muy concreto y cercano. Han sido fiestas de barrio. El Centro del Pueblo tiene sus propias tradiciones, al igual que el Barrio de la Estación, el Barrio de Humera, la Colonia de La Cabaña o la Colonia de Los Ángeles, por poner algunos ejemplos.
Cada uno de estos lugares ha mantenido celebraciones vinculadas a su historia, a sus vírgenes, a sus vecinos y a su identidad. Son fiestas que nacieron del arraigo y de la convivencia cotidiana.
Por eso resulta contradictorio hablar de “las fiestas de Pozuelo” como si se tratara de un evento común que represente a todo el municipio. Y no. No es así. En realidad, muchos vecinos no saben exactamente qué se celebra ni cuál es el verdadero significado de esas fiestas generales del mes de septiembre.
La referencia oficial suele ser la celebración de unas fiestas en honor a la Virgen de la Consolación, una tradición vinculada históricamente al centro del municipio. A un Pozuelo que ya no existe, que solo es un barrio. Por lo tanto el formato actual parece haberse alejado de ese origen al querer abarcar a toda la ciudad.
Y no tiene sentido. De hecho, la instalación de una gran carpa o de un recinto ferial de gran tamaño termina funcionando como un potente efecto llamada para jóvenes de otros municipios.
No se trata necesariamente de algo negativo en sí mismo pero sí plantea una pregunta:
¿Está pensado para los vecinos o para atraer público externo?
Cuando las fiestas pierden su vínculo con la comunidad que debería celebrarlas, corren el riesgo de convertirse en un evento artificial.
Además, este tipo de celebraciones masivas han sido objeto de críticas en varias ocasiones por los problemas asociados que generan: Ruido, incidentes, aglomeraciones y situaciones que poco tienen que ver con el espíritu tradicional de unas fiestas patronales o vecinales.
Muchos residentes, incluso, no las entienden y perciben que se trata de una fórmula que no ha terminado de integrarse en su vida cotidiana en el municipio.
El debate, por tanto, no debería centrarse únicamente en si el recinto ferial está mejor situado en una avenida concreta o en un aparcamiento junto a un polideportivo. La cuestión de fondo es otra.
La cuestión es si realmente existe una fiesta común que represente a todos los barrios de Pozuelo, urbanizaciones y colonias o si se está intentando construir una celebración desde arriba, sin el arraigo social que normalmente da sentido a estas tradiciones.
Quizá el verdadero reto para el Gobierno de Tejero no sea encontrar un nuevo emplazamiento para la carpa, sino replantear el modelo de celebraciones. Escuchar a los barrios, reforzar las fiestas que ya existen y respetar su identidad podría ser un camino más coherente que crear grandes eventos que, para muchos vecinos, siguen pareciendo ajenos.
O, simplemente, empezar a crear unas fiestas que agrupe a los Mil Pozuelos. Es cuestión de imaginación y tiempo.
Y eso es imposible con este Gobierno.
Porque, al final, las fiestas no se construyen con infraestructuras ni con escenarios. Se construyen con comunidad, con historia compartida y con el deseo auténtico de celebrar algo que de verdad pertenece a quienes viven aquí.
El Capitán Possuelo






