Retrato en ocre del Parque Forestal Adolfo Suárez, ese lugar en el que la magia se mezcla con el abandono, mostrando cruelmente cómo el Ayto de Pozuelo nunca lo ha comprendido

Otoño en Madrid. La mejor estación de año. Parque Forestal Adolfo Suárez. Pozuelo de Alarcón. Un lugar mágico. Tiene algo de refugio aunque a escasos metros se sienta el bullicio de los coches que vienen y van.
Pero, nada más llegar, la fragilidad se rompe con el cemento. Malhaya la hora.
Como todos los lectores saben, un inmenso aparcamiento se extiende en la entrada. Es gris, duro, rotundo. Hay en esta construcción algo de inexplicable. Quiero imaginar que se quiso facilitar el acceso pero se terminó erigiendo un monstruo de hormigón que se impone con una contundencia casi administrativa.
La naturaleza comienza después, como una disculpa.
Poco a poco, me adentro por los senderos.
Los troncos se elevan, las hojas tiemblan apenas.
Encuentro entonces los árboles de la iniciativa Apadrina un árbol. La idea es bonita. Plantar un árbol por cada niño que nazca en Pozuelo. Hay algo conmovedor en esa idea. El niño crecerá; el árbol, si lo dejan, también lo hará con él.
Sin embargo, la realidad ofrece una lección menos amable que el propósito. Algunos árboles aparecen deteriorados; otros, destruidos, derribados, tendidos sobre el suelo como si nadie hubiera vuelto a acordarse de ellos después de la ceremonia.
La promesa (o campaña de marketing) tiene, en realidad, un aspecto triste. El árbol que debería celebrar una vida parece haber quedado abandonado a su suerte.
Y uno piensa en la fotografía. La fotografía de la alcaldesa o el concejal de turno, de los padres y madres, de los niños y niñas junto al pequeño árbol recién plantado. Todo muy bien dispuesto para la memoria, para el articulito de Vive Pozuelo.
La iniciativa es buena. Nadie sensato discutiría el valor de plantar un árbol por cada nacimiento. Pero plantar no es terminar. Es comenzar. Inaugurar es cosa de un día.
Se organiza el acto, se disponen las cosas, se pronuncian unas palabras y queda, al fin, esa fotografía aparente; a veces, incluso triunfalista.
El mantenimiento es otra cosa. No tiene ceremonia ni instante solemne; exige volver, vigilar, reparar. Es una labor oscura, perseverante, sin aplausos. No da fotografías; acaso tampoco votos. Y en política, lo que no se ve, lo que no se celebra, parece como si no existiera.
Sigo andando y me detengo ante unas fichas botánicas. Tienen el aspecto de ser actuales. El logotipo del Ayuntamiento parece el actual, tiene apariencia de reciente, de cosa revisada. Pero comienzo a leer y surge una extraña impresión. Las palabras parecen venir de otro tiempo.
En la ficha del “carvallo” se afirma que se localiza “en toda Europa, particularmente en las llanuras desde el noroeste de la antigua Unión Soviética hasta el suroeste de España”.
La antigua Unión Soviética.
He aquí que, en mitad de un parque de Pozuelo, uno puede emprender un viaje geográfico que exige también un viaje por la historia. Ha pasado el tiempo, han cambiado las fronteras, han cambiado los nombres; el “carballo”, entretanto, sigue esperando que alguien actualice su domicilio.
Es una curiosa manera de hacer botánica.
Para describir la distribución de una especie, se recurre a un país que dejó de existir en 1991. Con el mismo criterio, podríamos decir que el “carballo” se extiende desde la antigua Unión Soviética hasta la pretérita Al-Ándalus, atravesando reinados que los bárbaros han tenido la extravagancia de rebautizar.
Quizá no sea inexacto en términos de historia, pero sí resulta pintoresco en una ficha que pretende informar al paseante de hoy.
Una ficha puede parecer nueva por fuera con la imagen corporativa del Ayuntamiento actualizada, pero vieja por dentro. El logotipo no rejuvenece el texto, del mismo modo que una placa no rejuvenece una institución.
Me atrevería a decir que el texto podría estar sacado de una guía botánica de los años 90.
Una guía que alguien consultó en su día y que, desde entonces, ha quedado olvidada.
La grafía ‘v’ en “carvallo”, además, resulta anacrónica. Hoy, si bien es válida, está en desuso. Por no decir que en este cartel, que se propone enseñar, no se menciona que en la meseta solemos llamar ‘roble’ al “carballo”.
Las pequeñas omisiones tienen, a veces, una curiosa importancia cuando se trata de enseñar.
Pero vayamos al descuido de la ortografía.
Que se haya omitido la tilde en ‘FLORACION’ podría tener una disculpa, porque antes, precisamente en la época de la extinta Unión Soviética, era costumbre –si bien no obedecía a criterios gramaticales sino tipográficos– no acentuar las mayúsculas.
Pero la tilde en ‘FRUCTIFICACIÓN’ echa por tierra tal teoría.
Entonces sucede algo admirable: Las tildes desaparecen donde deben estar y reaparecen donde no lo deben, ¡como en ‘família’!
La ortografía adquiere, por un momento, cierta libertad creadora.
Lo que ya no tiene perdón, más aún si el responsable final del cartel estudió bajo la ley educativa de Villar Palasí, cuando la Unión Soviética aún figuraba en los mapas, o incluso bajo la LOGSE, es escribir ‘Suárez’ sin tilde.

Exigir que se cierre una oración, y más cuando se trata del final de un texto, con un punto ya si eso, valga la redundancia, se lo dejamos a los de la ESO, que bastante tienen con lo suyo.
Y así, delante de un cartel botánico, uno termina pensando en asuntos que nada tienen que ver con los árboles. O quizá sí. Porque un cartel es también una pequeña representación del mundo que lo ha producido. Hay en él una idea de lo que significan las cosas bien hechas y una cierta indiferencia ante el resultado.
Mucho me temo que topamos con una realidad del Gran Pozuelo: la fachada.
El diseño, la apariencia, lo modernito; el envoltorio, en fin.
Que las cosas parezcan, antes que sean.
Se cuida la superficie, se pule el contorno, se procura que todo luzca bien en la fotografía.
Lo demás —el contenido, los hechos, las palabras— pertenece a otra categoría, menos vistosa y bastante más incómoda.
Reanudo el paseo.
El parque continúa siendo hermoso, a pesar del cemento, de los árboles malogrados, de las pequeñas supervivencias del pasado y de la indiferencia administrativa. Es un tesoro que parece ignorarse. Está ahí, con todas sus posibilidades casi intactas.
Otro Ayuntamiento, acaso, habría sabido hacer más con él.
No se trata de transformarlo, sino de comprenderlo; de advertir que hay riquezas que no necesitan ser creadas, sino sencillamente aprovecharlas y gestionarlas. Pero para eso hace falta, ante todo, voluntad.
Vale.
Crispín






