Las Fiestas de la Consolación de Pozuelo tienen un solo problema: No tienen ciudad ni vecinos con sentido de pertenencia a ella y el Gobierno debería empezar a resolverlo por los cimientos

Estimado Capitán:
Ya sé que las Fiestas de la Consolación terminaron hace una semana. Pero después de tanto cohete, tanto escenario, tanta peña y tantos decibelios, quizá haya llegado el momento de hablar de lo que de verdad ha fracasado en ellas.
Y aprovechando este debate abierto en El Correo de Pozuelo, le envío mis consideraciones…
Porque el problema de las fiestas de Pozuelo no es solamente que sean largas, deslavazadas, ruidosas o, en algunos momentos, manifiestamente mejorables.
El problema es mucho más profundo y está basado en que Pozuelo no ha conseguido construir una ciudad que se sienta como tal.
Pozuelo es, en realidad, una federación de urbanizaciones, como tantas veces han defendido en este periódico. Hay urbanizaciones grandes, pequeñas, antiguas, nuevas, con nombres propios y fronteras invisibles. Y cada una hace su vida, sus compras, sus colegios, sus paseos y sus relaciones sociales.
Y, desgraciadamente, entre unas y otras queda un municipio que administrativamente existe, pero que socialmente tiene enormes dificultades para reconocerse como una comunidad.
Y así es imposible hacer unas fiestas para todos.
Las Fiestas de la Consolación deberían ser precisamente ese gran momento de encuentro.
La ocasión en la que los vecinos de Somosaguas, La Cabaña, Húmera, Montegancedo, Prado de Somosaguas, Avenida de Europa, del Centro, de la Estación o cualquier otra zona sintieran que aquello también va con ellos. Pero no sucede.
Las fiestas siguen teniendo un fortísimo carácter de casco antiguo, mientras buena parte de Pozuelo contempla el espectáculo desde una distancia sideral.
El dato más preocupante no es cuántas personas acudieron a un concierto o cuántas copas se sirvieron en el Centro de la ciudad. El dato alarmante es saber cuántos vecinos ni siquiera sienten que esas fiestas sean suyas o se hayan celebrado, que es peor.
Y aquí aparece la responsabilidad del Gobierno municipal.
Gobernar no consiste únicamente en contratar actuaciones, montar escenarios y diseñar calendarios. También consiste en vertebrar una ciudad. En crear espacios, actividades y tradiciones capaces de romper las fronteras invisibles entre urbanizaciones y barrios.
Porque si para las Fiestas de la Consolación hay que ir al pueblo para sentirse en fiestas, quizá tengamos unas fiestas del pueblo, pero no unas fiestas de Pozuelo.
El Ejecutivo de Paloma Tejero debería hacerse una pregunta incómoda: ¿por qué después de tantos años una parte enorme de los vecinos sigue viviendo las fiestas como algo ajeno?
A partir de ahí se entiende todo lo demás. Nueve días que se hacen eternos, una programación que no termina de encontrar su público, excesivo protagonismo de estructuras festivas tradicionales y una apuesta que parece diseñada para quienes ya están dentro, pero no para conseguir que entren quienes permanecen fuera.
Y el ejemplo está en el nuevo Recinto Ferial… Unos vecinos que no entienden por qué tienen que aguantar unas fiestas que no son las suyas…
Las fiestas no necesitan simplemente más dinero, más días ni más ruido. Necesitan más ciudad.
No se puede construir una casa por el tejado.
Quizá haya llegado la hora de dejar de organizar las fiestas como si Pozuelo fuera un pueblo rodeado de urbanizaciones y empezar a organizar una ciudad en todo el sentido de la palabra para que todos sus vecinos tengan sentido de pertenencia a ella.
Porque mientras Pozuelo siga siendo una federación de urbanizaciones, las Fiestas de la Consolación podrán tener escenarios, luces, músicas y fuegos artificiales.
Lo que difícilmente tendrán será lo más importante.
Y lo más importante es una ciudad detrás.
Juan Pozuelo






