San Isidro, por más que se empeñen los vecinos de siempre, nunca tuvo gran devoción en Pozuelo: Es la expiación de los que cubrieron las huertas de ladrillos y se hicieron muy ricos

Algunos vecinos de Pozuelo viven desde hace años una curiosa obsesión por reinventar un pasado que ya no existe. Y pocas cosas simbolizan mejor esa operación de maquillaje histórico que la reciente recuperación de la festividad de San Isidro Labrador como si hubiera formado parte, desde siempre, del alma colectiva del municipio.
Y no fue así.
Es cierto que Pozuelo fue un pueblo agrícola. Nadie lo discute. Hubo huertas, campos y familias que vivían de la tierra. Pero también es cierto que ese Pozuelo desapareció hace décadas, sepultado bajo urbanizaciones, chalets y promociones inmobiliarias que hicieron inmensamente ricos a muchos propietarios de aquellos terrenos de huertas.
El verbo correcto, en este caso, es “fue”. Pozuelo fue rural. Hoy no lo es. Y lo llamativo es que ni siquiera los vecinos más mayores conservan ya una memoria viva de aquella supuesta devoción popular a San Isidro.
Porque, en realidad, nunca existió en Pozuelo una tradición sólida vinculada al Santo Labrador. Nunca hubo una Hermandad histórica, como sí ocurre en tantos municipios españoles donde el culto a San Isidro forma parte de la identidad popular desde hace siglos.
La actual Hermandad, con apenas tres años, es tan reciente que resulta imposible no percibir cierta impostura en esa estética de tradición añeja que intenta proyectar.
Es cierto que existe una imagen de San Isidro en la Iglesia de la Asunción. Pero, incluso, eso es una incorporación reciente.
Nadie cuestiona el derecho de un grupo de vecinos a organizar actos religiosos o a sentir devoción por San Isidro. Faltaría más. Toda expresión religiosa merece respeto. El problema aparece cuando se intenta vender esa devoción como una tradición esencial de Pozuelo de Alarcón, como si formara parte del ADN histórico del municipio. Y no es verdad. Y no debe intentarse.
Entiendo que la alcaldesa del Gran Pozuelo de Alarcón Paloma Tejero asista a sus actos. Está muy necesitada de fotos populares. Pero darle a este “juego piadoso” que, presuntamente, busca su subvención, la categoría de fiesta popular de esta ciudad va mucha diferencia, aunque ELLA quiera congraciarse con el Centro del Pueblo.
Lo ocurrido el pasado domingo fue, básicamente, un acto religioso de un grupo reducido de personas. Nada más. No una tradición popular recuperada. No una costumbre perdida que vuelve del olvido. Y convendría dejar de confundir ambas cosas.
Existe además una cierta contradicción en todo difícil de ignorar. Muchos de quienes hoy impulsan esta recuperación simbólica pertenecen precisamente a familias que abandonaron el campo hace décadas porque resultaba mucho más rentable urbanizar los terrenos que seguir cultivándolos.
El campo era duro. Construir viviendas no. Y ahora, cuando ya no quedan huertas ni agricultores, aparece una nostalgia artificial por un Pozuelo campesino que ellos mismos ayudaron a borrar.
Más le valdría montar una Hermandad al patrón de los constructores. Creo que es San Antonio de Padua y se celebra el 13 de Junio. Tendría más sentido.
Todo esto forma parte de una tendencia más amplia. Es la obsesión de un pequeño núcleo de vecinos del centro por mantener la idea de un “Pozuelo Pueblo” que ya no representa la realidad de una ciudad del siglo XXI.
Son los mismos nombres, las mismas asociaciones y, curiosamente, las mismas tradiciones subvencionadas. Una especie de ecosistema cerrado que insiste en presentarse como guardián de unas raíces que, en muchos casos, han sido directamente inventadas o exageradas.
Ni siquiera el famoso color morado de la bandera tiene que ver con las famosas lombardas de la huera pozuelera, como tantas veces se ha dicho. Su origen está en el pendón de Castilla, de los comuneros de Castilla, según nos contó la recordada Esperanza Morón.
Y es que Pozuelo pertenecía a Segovia.
Pero las leyendas bonitas funcionan mejor que la realidad.
San Isidro suena a Madrid. Suena a campo.
Y Pozuelo de Alarcón, aunque algunos se empeñen en lo contrario, ya no es ninguna de las dos cosas.
Juan Manuel Sánchez






