La publicidad institucional y el dedo mágico de Pozuelo o cómo el Pasillo del Infierno del Ayto. reparte el dinero de los vecinos incumpliendo el espíritu de la ley y comprando voluntades

He leído en el Observatorio de Contratación Pública un artículo sobre la contratación de publicidad institucional en la Ley de Contratos del Sector Público, escrito por María Asunción Sanmartín Mora, Directora General de Contratación, Patrimonio y Organización del Gobierno de Aragón.
Y es muy interesante, la verdad. Y como hace tiempo que hay gente que nos pregunta por qué El Correo de Pozuelo no tiene publicidad pese a ser líder de audiencia, les hago un resumen “my way”, que diría Maca.
El texto del artículo explica cómo debería funcionar el sistema, no cómo funciona realmente. Porque en el papel todo es transparencia, igualdad y concurrencia. Pero luego llega el Ayuntamiento de Pozuelo de Alarcón, por ejemplo, aplica su particular “manual del buen amigo”, y todo se convierte en una sucesión de adjudicaciones menores, contratos a dedo y campañas con nombre y apellido.
La ley es clara. La Ley 29/2005 de Publicidad y Comunicación Institucional y la Ley de Contratos del Sector Público (LCSP) exigen que toda campaña institucional (esa que supuestamente sirve para informar a los vecinos sobre sus derechos, servicios o actividades municipales) se reparta con criterios objetivos, sin discriminar a ningún medio.
Incluso el Tribunal Constitucional lo ha dicho con claridad: el reparto de publicidad institucional debe ser equitativo y motivado, de modo que se preserve la libertad y la independencia de los medios de comunicación.
Sobre el papel, esto suena muy bien. En Pozuelo, en cambio, suena a chiste. Porque aquí, en nuestra pequeña-gran ciudad, la publicidad institucional no se reparte, se reparte el cariño.
Y el cariño de la alcaldesa Paloma Tejero y de su equipo tiene GPS. Sabe perfectamente a qué medios llega y a cuáles no. Y claro, El Correo de Pozuelo (ese medio incómodo que lleva años sacando los colores a los gobiernos de turno) no ha visto ni un euro de publicidad municipal. Ni uno.
(Es más, aún sabiendo que no nos iban a dar nada, la pedimos. Queríamos que no nos dijeran que no la habíamos solicitado. Pero, como esperábamos, nos la negaron)
La trampa está en la letra pequeña. El artículo del Observatorio explica que, cuando la Administración contrata directamente con un medio (lo que se llama “contrato de difusión publicitaria”), puede hacerlo mediante procedimiento negociado sin publicidad o incluso como contrato menor, si no supera los 15.000 euros. Y ahí es donde el sistema se tuerce. Porque si cada campaña se trocea, si cada inserción se considera una “acción individual”, el Ayuntamiento puede repartir dinero discrecionalmente sin sacar a concurso nada. Legal, sí. Transparente, no.
El problema no es solo de Pozuelo, pero aquí el ejemplo roza el esperpento. Se diseñan “planes de medios” donde curiosamente siempre aparecen los mismos periódicos locales y capitalinos (según convenga al habitante del Pasillo del Infierno), los mismos portales, las mismas referencias municipales que repican las noticas que reciben. Los contratos son pequeños, sí, pero el silencio que compran es grande. Y mientras tanto, se margina a quienes informan de la cruda realidad.
La ley habla de objetividad, proporcionalidad y motivación. En Pozuelo, los criterios parecen otros: suavidad, afinidad y silencio. Y lo peor es que se hace con dinero público, con el dinero de todos los vecinos, no con el del partido ni con el de la alcaldesa.
El artículo del Observatorio termina diciendo que “la instrumentación práctica de este reparto equitativo debe plasmarse en el Plan de Medios”. Qué bonito suena. Pero en Pozuelo, que se sepa, no hay Plan de Medios, hay Plan de Amigos. Y firma dicho plan el mismo dedo que decide quién recibe publicidad y quién no.
Es así. Y la verdad es que, a estas alturas de la liga, ya no sé si hay que rasgarse las vestiduras denunciando el escándalo o pasar olímpicamente…
La publicidad institucional debería servir para informar a los ciudadanos. Pero aquí sirve para comprar voluntades. Y mientras siga siendo así, mientras el dinero público se use para premiar el silencio y castigar la crítica, Pozuelo seguirá oliendo a incienso oficial.
Termino diciendo, y no le busquen tres pies al gato, que este artículo es solo para que nuestros lectores sepan de qué va este negocio y no nos pregunten más por qué no tenemos publicidad.
Salvo la de nuestros abogados, que es publicidad de intercambio.
Juan Manuel Sánchez






