La Farsa del Senado: Pedro Sánchez, escondido detrás de unas gafas de atrezo, mostró un tono chulesco, perdonavidas, tirando a macarra, insultando a la Cámara Alta, según X

En la comparecencia de Pedro Sánchez ante la Comisión de Investigación del Senado, lo que debería haber sido un ajuste de cuentas con la corrupción que rodea al PSOE se convirtió en un espectáculo de evasiones, burlas y accesorios innecesarios.
Bajo la excusa del “caso Koldo” y las sombras de Ábalos, el hermano y la esposa del presidente, Sánchez no compareció para rendir cuentas, sino para desplegar su habitual repertorio de trucos dialécticos.
Una actuación penosa, tramposa y soberbia que deja al descubierto la fragilidad de un Gobierno atrincherado en el poder, más pendiente de narrativas que de la verdad.
Desde el primer minuto, Sánchez se parapetó en una estrategia de dilación digna de un partido de fútbol en desventaja.
Como bien han denunciado voces en las redes, el presidente se limitó a “perder tiempo” con rodeos interminables, reconociendo a regañadientes detalles como los pagos en efectivo prohibidos en el PSOE solo tras eternos desvíos.
Preguntas directas sobre las tramas de corrupción –desde los sobornos en contratos hasta las implicaciones familiares– fueron respondidas con contraataques a la oposición, aludiendo a “corrupciones de otros” sin entrar en el fondo.
“No ha contestado absolutamente nada”, resume el sentir general, convirtiendo la sesión en una “máquina del fango” que él mismo orquestó.
El tono chulesco, con risas y frases evasivas, reveló no a un líder sereno, sino a un macarra que vacila a las instituciones.
Llamar al Senado un “circo” no es solo soberbia; es un insulto a la soberanía popular, un desprecio al Estado de Derecho que Sánchez tanto presume defender en discursos vacíos.
Y en medio de esta vergüenza nacional, surgió el gran distractor: las gafas.
Esas lentes de Christian Dior, valoradas en casi 300 euros y con un diseño vintage que “marca tendencia”, no eran más que atrezo puro y duro.
Mientras la oposición intentaba desentrañar las miserias del caso Koldo, las redes estallaron en memes y análisis sobre si eran “gafas de tergiversar la realidad” o un “modo de calmar al cerebro” ante el escrutinio.
Sánchez las usó para leer su guion inicial, pero –milagro bíblico– las dejó de lado en su cierre, como si la presbicia se curara por arte de prestidigitación.
La prensa, ávida de clics, priorizó este detalle frívolo sobre la corrupción rampante, demostrando cómo el presidente convierte incluso sus accesorios en cortinas de humo.
“La noticia son las gafas”, ironizan los críticos, mientras el PP y Vox caen en su terreno: el del relato político, no el de los hechos.
Esta comparecencia no fue un Vietnam para Sánchez, como algunos auguraban, sino un paseo triunfal por un circo que él mismo montó.
Salió vivo, intacto, burlando al Senado y a los españoles con una mezcla de cinismo y narcisismo.
En un país donde la democracia retrocede a manos de quienes la ven como amenaza a su poder autocrático, actuaciones como esta no solo erosionan la confianza en las instituciones, sino que normalizan la impunidad.
Sánchez no es un genio amoral ni un psicópata solitario; es el epítome de un político de feria, portador de desastres subvencionados.
Hasta que no se disipe el humo –y las gafas–, España seguirá atrapada en esta farsa.
¿Cuánto más durará el aplauso de sus siervos?
El Atalayero






