La tradicional paella de las Fiestas del Carmen como símbolo de la transformación política que está sufriendo Pozuelo dónde Tejero mezcla el cutrerío con un fastuoso Palacio de Congresos

Este año me prometí a mí mismo no escribir sobre las Fiestas del Carmen de Pozuelo Estación. De verdad que lo intenté pero el director se ha empeñado y quien manda, manda… Y es que tenía y tengo la incómoda sensación de clamar en el desierto cada vez que señalo el nivel de cutrez y chabacanería que se alcanza en estas celebraciones mientras que al Gobierno Tejero parece que eso le importa una higa…
Ellos están convencidos de que esta es la mejor manera de divertir al pueblo… y, al parecer, el pueblo se divierte. Ante eso, tengo poco qué decir.
Confieso que tengo mis dudas sobre las inquietudes intelectuales de ese “pueblo” que encuentra placer en comer una paella que, en la Comunidad Valenciana, sería considerada un crimen de lesa humanidad. Pero allá cada cual. Si esa es su idea de fiesta, yo no voy a ser quien les lleve la contraria. Y mucho menos, intentar convencer a este gobierno de pijas ya que creo que, incluso, les satisface dar de comer a los vecinos de barrio pobre…
A mí, personalmente, me duele. Me gustaría que no se hiciese pero…
Es más, creo recordar (y la memoria, en estos casos, es peligrosa) que durante la campaña electoral de mayo de 2023, corrió el rumor de que estas cosas iban a desaparecer en Pozuelo. No era lo mismo lo popular que lo populachero y Tejero iba a tomar medoidas. Que el nuevo Pozuelo sería otra cosa. Que la señora alcaldesa venía a dignificar. A transformar la ciudad.
Pero no. Ya vamos por el tercer año consecutivo en el que la paella popular se mantiene como acto imprescindible de las fiestas del Carmen. Lo que parecía un simple gesto populista heredado de gobiernos anteriores, se ha convertido en una tradición institucional. Y, si uno atiende a los gestos políticos de este Gobierno, todo indica que la paella empieza a ser el símbolo más reconocible del modelo de transformación de ciudad que propone la alcaldesa Tejero.
Una transformación, por supuesto, profundamente simbólica. Y es que, al fin y al cabo, ¿qué mejor forma de acercarse al pueblo que repartiendo arroz?
En esta ciudad de ricos, cada vez más impostada y más perdida en su identidad, la alcaldesa ha decidido recuperar las viejas costumbres de la España profunda de mediados del siglo XX, cuando el Ayuntamiento daba de comer gratis a los vecinos en fiestas patronales.
La paella ya no es solo una comida en las Fiestas del Carmen. Es una herramienta política. Un símbolo. Una liturgia. Una forma de decir: “Estamos con vosotros”. Aunque lo que se esté sirviendo sea un arroz con el alma paellera perdida. Una paella donde los tropezones son un misterio y que la cuchara de plástico tiemble entre los dedos una realidad. Lo importante es la foto. La fila. El ambiente. La masa.
Y ahí estará la alcaldesa, con el plato en la mano, sonriente, acompañada de los concejales pelotas de turno. Porque en el fondo, ¿para qué trasformar un barrio si puedes repartir arroz en él?
Lo más preocupante es que esta liturgia funciona. Tiene público. Tiene eco. Tiene aplausos. Así que uno ya no sabe si indignarse, reír o directamente rendirse. Me rindo.
La Estación ya es un lugar donde cada julio se celebra una gran paella popular para recordarnos que el cambio, al final, es solo una palabra que sirve para adornar discursos.
Lo que no entiendo muy bien es cómo puede mezclarse este cutrerío con la idea de construir un fastuoso Palacio de Congresos…
Claro que lo mismo Tejero no sabe ya lo que quiere…
Juan Manuel Sánchez






