La Semana Santa que Pozuelo de Alarcón necesita: Un sueño político y religioso que lo transformaría de verdad, consiguiendo que los vecinos dejen de vivir de espaldas a su ciudad

En el Gran Pozuelo de Alarcón, la llegada de la primavera no trae el eco de tambores ni el brillo de los cirios que acompañan a las procesiones de Semana Santa. Esta ciudad, que en su día fue un pueblo humilde y hoy es un mosaico de urbanizaciones relucientes, carece de una celebración que despierte el alma colectiva de sus vecinos.
Hablar de la Semana Santa en Pozuelo es hablar de una ausencia, de un vacío que pesa más de lo que muchos quieren admitir. Y, sin embargo, algunos creemos que en esa Semana de Pasión radica la oportunidad de transformar esta esta ciudad sin alma en una ciudad con identidad, con raíces, con orgullo.
Recuerdo cuando vine a vivir a Pozuelo, hace ya muchos años. Entonces, las calles del centro aún conservaban un aire de pueblo, con vecinos que se conocían por el nombre y tradiciones que, aunque modestas, unían.
La Semana Santa entonces no era gran cosa, pero había algo: Una procesión sencilla, un Cristo llevado a hombros por los más devotos, una Virgen que miraba con tristeza desde su paso.
Vale, no era Sevilla ni Málaga, pero era nuestro. Con el tiempo, incluso eso se desvaneció. Hoy, las parroquias cumplen con los ritos litúrgicos, pero las calles permanecen mudas. Las procesiones, si las hay, son pequeñas, casi secretas, como si temieran molestar al Pozuelo moderno, ese que vive encerrado en urbanizaciones de nombres poderosos y ficticios muros altos.
Pozuelo no es una ciudad, no en el sentido profundo de la palabra. Es, como El Capitán Possuelo dijo tantas veces, una federación de urbanizaciones. Cada una con su piscina, su seguridad privada, su pequeño mundo. Los vecinos de La Finca no se cruzan con los de Monteclaro, y los de Somosaguas apenas saben qué pasa en el centro. Ni siquiera las colonias tienen conexión. En La Colonia Los Ángeles ni siquiera saben que existe La Colonia La Cabaña o La Colonia Benítez, San José o Buenos Aires.
Y las urbanizaciones de los grandes núcleos poblacionales del entorno de la Avenida de Europa ni saben donde están las de Prado de Somosaguas o las que rodean a la vieja vaquería La Priegola.
Pozuelo carece de un hilo que cosa esas piezas sueltas, de un motivo para que todos salgamos a la calle y nos miremos a los ojos. Y ahí es donde una Semana Santa grande, luminosa, podría cambiarlo todo…
Imagino una Semana Santa en Pozuelo que no tenga nada que envidiar a las grandes capitales. Calles engalanadas, pasos majestuosos con Cristos y Vírgenes tallados por los mejores imagineros, bandas de música que estremecen el corazón, saetas que rompen el silencio y carrera oficial. Y, por supuesto, vecinos de todas las urbanizaciones, desde las más exclusivas hasta las más humildes, mezclados en la multitud, compartiendo el asombro y la devoción.
No se trata solo de fe, aunque esta tenga su lugar. Se trata de cultura, de tradición, de pertenencia. Una Semana Santa así haría que los pozueleros dejaran de vivir de espaldas a su ciudad, que sintieran que Pozuelo es algo más que un lugar donde dormir.
Crear algo así no sería fácil, pero tampoco imposible. Habría que empezar por lo básico: voluntad política.
Los líderes de Pozuelo tendrían que ver en la Semana Santa no un gasto, sino una inversión en identidad. Negociar con el Arzobispado, implicar a las cofradías locales, movilizar a los artistas y a los vecinos.
Habría que invertir en tallas de calidad, en pasos que impresionen, en bandas de música que se lucieran en Pozuelo y no en Madrid o en otros lugares de España.
Y sí, habría que poner dinero, pero también ilusión. Concursos de saetas, festivales de música sacra, retransmisiones en Telemadrid, que para eso tiene su sede en Pozuelo y debería arrimar el hombro.
Todo eso podría convertir la Semana Santa en un imán que sacase a los vecinos de sus urbanizaciones y los hiciese sentir parte de algo más grande.
Una Semana Santa potente, aparte de religiosa, sería un acto político en el buen sentido de la palabra: Un esfuerzo por tejer comunidad, por derribar los muros invisibles que separan a los pozueleros.
Sería una forma de decir que Pozuelo no es solo un escaparate de riqueza, sino una ciudad con alma, con historia, con futuro. Porque, seamos sinceros, el Pozuelo actual, con sus rotondas perfectas y sus centros comerciales, es cómodo, pero frío. Le falta corazón.
Recuperar la Semana Santa -o, mejor dicho, inventarla desde cero- sería un paso hacia esa ciudad soñada. No hablo de nostalgia vacía, de mirar al pasado por mirar. Hablo de usar la tradición como herramienta para construir algo nuevo, algo que nos una. Hablo de pasos que crujen bajo el peso de la devoción, de niños que señalan asombrados, de mayores que recuerdan y sonríen. Hablo de una Pozuelo que, por fin, se sintiese ciudad.
No será mañana, ni pasado. Costará tiempo, dinero, esfuerzo. Pero todo empieza con una chispa, con la voluntad de transformar. Pozuelo lo merece. Sus vecinos lo merecen.
Y eso sí sería transformar la ciudad.
Y quién sabe, tal vez, algún día, cuando llegue la primavera las calles de Pozuelo se llenen de pasos, de cirios, de vida. Y entonces, por fin, seremos una ciudad de verdad.
El problema es que nuestros políticos no nos conocen.
Juan Pozuelo






