El Fantasma de don Agustín comenta, en su tono irónico habitual, cómo y dónde encontró el oscuro objeto del deseo que usa la alcaldesa Susana P. Quislant y que le tenía obsesionado

Ha sido una semana agotadora. Me había propuesto encontrarlo y decidí revolver Roma con Santiago hasta dar con él. Entré en el pasillo del infierno y comencé por los despachos de los asesores y el del jefe del gabinete de alcaldía. Pero mis esfuerzos no dieron resultado alguno. Allí no estaba.
Pero, tenía que estar.
Ya solo me quedaba por espiar el despacho de las secretarías y el de la propia alcaldesa. Ni decir tiene que adentrarme en ellos representaba un mayor peligro. Era un territorio más controlado y el peligro de ser descubierto era mucho mayor.
Estudié durante unos días los horarios en los que solían estar ocupados y el momento más propicio para entrar allí, sin que se pudiese poner de manifiesto mi presencia. Ya se sabe que, aunque no me pueden ver, hay quienes cuentan con un sexto sentido que les puede alertar de mi presencia. Hay gente muy rara.
Cuando finalmente me decidí a hacerlo, no sin cierta angustia y temor, pude comprobar que tampoco estaba en las mesas de las secretarias. Ya me quedaba únicamente el despacho de la alcaldesa.
Abrí lentamente la puerta y con paso decidido entré en él.
No se veía muy bien pero tampoco era cuestión de encender las luces porque habría podido llamar la atención de algunos de los que a esas horas estaban en los bares de la plaza. No había nada en la mesa de reuniones ni tampoco en el escritorio de la primera edil.
Los cajones de la mesa, a pesar de estar cerrados, no representaron un gran obstáculo para mí ya que pude abrirlos con facilidad gracias a mis buenas artes. Los fui examinando con mucho detenimiento y gran cuidado para no descolocar lo que allí había y que nadie pudiese sospechar nada.
Pese a mis esfuerzos, no pude encontrarlo. En los cajones únicamente se guardaban un montón de libretas con notas manuscritas, en las que abundaban muchos signos, tanto de interrogación como de admiración. He de confesar que tuve la tentación de detenerme a leerlas, porque era sin duda muy apetecible, pero enseguida la vencí. Habría sido correr un riesgo innecesario.
Lo que buscaba era otra cosa y, lamentablemente, no había sido capaz de encontrarlo. Lo había escudriñado todo y no había sido capaz de localizarlo. Me sentí decepcionado.
Bueno, no había mirado en el baño. Pero allí no podía estar. No podía ser. Era imposible.
Pero ya que estaba allí, no perdía nada por mirar.
Sin mucha esperanza, todo hay que decirlo, entré y nada más hacerlo, lo vi. No podía dar crédito, pero allí estaba.
Era el teléfono rojo. El teléfono con línea directa con la primera planta de Génova. Finalmente lo había encontrado.
Sin duda, era un lugar extraño para tenerlo. ¡O tal vez, no!
Vaya usted a saber.
Don Agustín “el Fantasma del Torreón”






