Esta terrible pandemia está demostrando que hay mucha gente buena en España en general y en Pozuelo en particular: Es emotivo ver a jóvenes dedicar su tiempo libre a Cáritas

A lo largo de los años nuestro Ejército ha evolucionado hasta llegar a ser una organización muy eficiente, con integrantes de altísima profesionalidad, competencia técnica y capacidad de sacrificio y entrega a los demás. No hace falta repasar las misiones internacionales en las que han participado y participan o, mucho más cercano en el tiempo, la admirable operación Balmis, que tantas vidas ha contribuido a salvar.
Pero hace muchos años, cuando hice el servicio militar, nuestro querido Ejército no era exactamente así. En palabras de mi propio capitán, el Ejército era un sitio donde se hacían pocas cosas, pero muy temprano. Por otro lado, eso tuvo la ventaja de darme la oportunidad de poder dedicar bastante tiempo a observar el comportamiento de varios centenares de compañeros, todos del mismo rango de edad, pero con los más variados orígenes geográficos y niveles sociales, económicos y culturales.
Las conclusiones de esas observaciones me resultaron reveladoras.
La primera fue que para catalogar a una persona como buena o mala, ni sus orígenes ni sus niveles resultaban relevantes.
La segunda, que más del 90% de la gente se podía encasillar en la categoría de “buena gente”, de personas que solo querían vivir y dejar vivir. Quizá lo único que se podía echar en cara a la mayoría de ellos era su inhibición en caso de injusticias o conflictos.
Alrededor de un 3 o 4% no eran buena gente. Pero tampoco eran listos. Se les podía calificar de egoístas, de potenciales pequeños delincuentes, de depredadores sociales de poca monta, pero que no causaban mucho daño y eran controlables.
¡Pero ay del 2 o 3% restante! Esos eran malos y además inteligentes. Resultaban muy perjudiciales para el conjunto de sus compañeros porque eran capaces de hacer mucho daño, pero manipulando y/o desviando la culpa a otros, sobre todo al grupo anterior. Su inteligencia les dotaba de una capacidad de liderazgo y organización que daba lugar a comportamientos a menudo mafiosos.
Todo lo anterior me permitió hacerme una idea de los tipos de personas que constituyen la sociedad. Por eso, cuando la mili quedó atrás, no me sorprendió ver que en tu trabajo te podías encontrar a gente de estos tres grupos. Si detectabas algunos de la categoría malos-inteligentes y, sobre todo si ocupaban puestos de responsabilidad, casi era preferible poner tierra de por medio.
Con todo, la experiencia acumulada de años me deja pocas dudas de que donde con mayor frecuencia se refugian esos depredadores sociales, es precisamente entre la clase política que dirige el país (algo ya lo habíamos comentado en Reflexiones sobre los políticos ambiciosos, ignorantes y deconstructores).
Pero la parte positiva es sin duda que una gran mayoría de la población es buena gente. Y no toda es pasiva. Por ejemplo, hace un par de domingos pude ver cómo un grupo de jóvenes, voluntarios de Cáritas, dedicaban su tiempo libre a instalar una mesa a la puerta de un supermercado de Pozuelo, con el fin de recoger comida para las personas necesitadas de nuestro municipio y de otros cercanos.
El que este grupo, en lugar de quedarse en casa, estuviera toda la mañana haciendo algo útil para otros demostraba que pertenecían a ese más del 90% de buena gente con la que convivimos. Además, pertenecían también a una minoría difícil de cuantificar que no se limita a adoptar una actitud pasiva. Ojalá que algún día sean ellos, o gente como ellos, y no esa otra minoría de depredadores sociales, los que ocupen puestos de responsabilidad política.
Juan Alatriste






