Perros fieles hasta la muerte

Durante varios días, casi todos los medios de comunicación nos han hablado de Maya, una perra de la raza Akita Inu, que ha esperado pacientemente a que su dueña, Sandra, una joven de 22 años que tuvo que ser operada de urgencia a consecuencia de una apendicitis en un hospital de Elda (Alicante), saliera del centro hospitalario. Como suele ser habitual en estos casos, el animalito ha aceptado gustosamente los cuidados tanto del padre de Sandra como del personal sanitario, que la han alimentado y mimado durante esos largos días de espera… pero de ningún modo ha cesado en su vigilia a la puerta del hospital hasta que su ama ha vuelto.
Maya viene así a unirse a la larga lista de perros que han aguardado el retorno de sus dueños durante días, meses o incluso años. Una espera que a veces se prolongó durante periodos de tiempo mucho más largos.
Quizás uno de los más conocidos fue el japonés Hachiko, de la misma raza que Maya, que cada día iba hasta la estación ferroviaria a despedir a su dueño llamado Eisaburō Ueno, profesor del Departamento de Agricultura en la Universidad de Tokio, quien tras su jornada laboral regresaba para encontrarse de nuevo al fiel Hachiko y volver ambos a casa. Sin embargo, un día del año 1925, el profesor Ueno sufrió un infarto cuando estaba impartiendo sus clases y murió. Ese día, como siempre, Hachiko fue la estación para recibirle…y al otro, y al otro y al otro. La espera duró diez años, hasta que finalmente, el fiel compañero murió frente a la estación de Sibhuya. Pero incluso en vida, Hachiko pudo asistir en 1934 a la inauguración de una estatua suya de bronce como homenaje del pueblo japonés a la suprema fidelidad…
Otro conmovedor caso fue protagonizado por Bobby, un bonito ejemplar de terrier perteneciente a un policía de la ciudad escocesa de Edimburgo llamado John Gray. Desgraciadamente, el 15 de Febrero de 1858, Gray muere de tuberculosis. Bobby siguió al cortejo fúnebre hasta el cementerio de Greyfriars Kirkyard donde su amo fue sepultado. Los 14 años que aún vivió Bobby los pasó echado sobre la tumba de su dueño. Pero su extrema fidelidad no pasó inadvertida. Bobby se hizo tan popular que nunca le faltaron la comida y la bebida; algo muy necesario porque el perrito nunca se alejaba del lugar, ni siquiera durante los gélidos inviernos escoceses. Es más: el cariño que le profesaba todo el mundo le libró incluso de la perrera, puesto que oficialmente no era sino un perro vagabundo sin dueño. Finalmente, en 1867, un personaje tan encopetado como el Lord Provost de Edimburgo, Sir William Chambers, intervino personalmente para salvar a Bobby de tan infausta suerte. También Bobby mereció el honor de que se levantara por suscripción pública una estatua suya a escasa distancia del cementerio, pero siendo representado mirando en dirección a la tumba de su dueño.
Todos hemos vivido o conocemos algún rasgo que nos muestra la fidelidad de los perros, su permanente alegría, su inestimable compañía. Y les da lo mismo tu condición social o económica, tu carácter o tu aspecto. Ellos aman incondicionalmente, que es más que lo que podemos decir de los humanos que conocemos.
Con frecuencia hemos visto vagabundos, gentes sin hogar, los sin techo. Solos, abandonados por los suyos, ignorados por el resto de la sociedad. Pero si tienen un perro (y algunos incluso tienen varios) ya no están solos. Tienen a los mejores amigos del mundo. Aquellos que no se van a separar de esa desdichada persona, puedan o no alimentarlos. Ahí los vemos, arrebujados con sus dueños. Se protegen mutuamente de las inclemencias del tiempo, de las agresiones de gente malnacida… Y sobre todo de la pesadilla de la soledad.
Tengo una vecina cercana que vive sola. Y cuando la pobre mujer llora (y tiene muchos motivos para hacerlo), su perro corre apresuradamente hacia ella y lame sus lágrimas con desesperación. “Tranquila, estoy aquí, no te abandonaré nunca” parece decirla. Sí, quizá los que amamos a los animales tendemos demasiadas veces a antropoformizarlos, es decir, a suponer que actúan por las mismas motivaciones que las personas. Y quizá no sea así. Pero en todo caso nuestra amistad con los perros tiene ya miles de años. Sus antepasados fueron aquellos lobos más sociables y pacíficos que antes se acercaron a las hogueras de nuestros primitivos ancestros. Desde entonces hemos pasado muchas aventuras y desventuras juntos. Y a veces los humanos los hemos maltratado de mil formas. Pero su generosidad es inmensa y siempre han acabado perdonándonos.
Como muy bien proclamaba aquél eslogan que en cierta época se multiplicó en carteles y vallas a lo largo y ancho de nuestro país mostrando la imagen de un hermoso perro con expresión de infinita tristeza, abandonado en medio de una carretera solitaria… “Él nunca lo haría”.
Abelardo Hernández





