¿Tropezaremos ahora con la misma piedra que tropezamos en el Siglo XIX? Un artículo de Joaquín de la Santa Cinta

Se dice que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Si ese hombre es español, seguramente tropezará más de dos veces.
El siglo XIX español fue el siglo del desastre. Empezamos el siglo siendo una potencia de segundo orden europea apoyada en un inmenso imperio colonial extendido por cuatro contenientes. Terminamos perdiéndolo todo: las colonias americanas y asiáticas, la consideración de potencia y rogando que se nos permitiera ampliar, en el norte de África, el territorio anexo a las plazas de soberanía, lo único que nos quedaba del Imperio con el que comenzamos el siglo.
Una de las causas de la pérdida de tan inmensos territorios, ocurrida en dos etapas bien diferenciadas a principios y a finales del siglo, fue la presencia, en los órganos de gobierno de cada época, de políticos sin nivel de estadistas, sin ideas, volcados en mantener sus privilegios, preocupados por acciones a corto plazo, centrados en el mantenimiento del poder e impedir el acceso al mismo del rival. En definitiva: sin altitud de miras, volcados en sí mismos, sordos a la opinión de los administrados, amparados en las leyes pero sin capacidad de negociar para encontrar soluciones. Así se tropezó dos veces en la misma piedra y aunque la segunda vez se trato de arreglar, el arreglo fue demasiado corto y tardío.
¿Volveremos a tropezar por tercera vez?
El primer tropezón ocurrió con la independencia de las colonias españolas de del continente Americano. Donde pudo buscarse una solución política para impedirlo fue en las Cortes de Cádiz.
En las Cortes hubo representantes americanos de todas las colonias desde el Virreinato de Nueva España, en el norte, hasta el Virreinato de la Plata en el Sur.
Los diputados sudamericanos a Cortes habían sido elegidos de muy diversas formas y tenían procedencias heterogéneas, pero formaban un grupo unido en los grandes problemas que se planteaban en la América Española.
No todas las provincias eligieron diputados, las provincias rebeldes no lo hicieron. Los elegidos representaban a la sociedad blanca criolla de la que procedían con sus anhelos y sus temores.
Este grupo trabajaba por una política de entendimiento y conciliación con las provincias disidentes para evitar las consecuencias fatales de unas guerras de reconquista y división entre las provincias rebeldes y las leales. Pedían unas reivindicaciones de carácter local, no obstante fue la primera vez que se reunieron representantes de todas provincias americanas y tuvieron que empezar a pensar en términos continentales. Los diputados defendieron la autonomía de sus respectivas regiones. Su objetivo era volver atrás, a la situación anterior a las grandes reformas borbónicas con su Estado centralizado y con mayor control colonial, y conseguir una representación en los órganos de gobierno de acuerdo a la población de cada área.
Estos propósitos chocaban frentalmente con las Cortes. Los políticos liberales pretendían hacer una constitución y unas leyes válidas para todo el imperio, constituir un Estado unitario centrado en Madrid y mínimamente descentralizado y los conservadores volver al Antiguo Régimen absolutista.
La Constitución liberal no recogió ninguna de sus dimanadas y tampoco el régimen que sucedió a su abolición.
Consecuencias: 24 años de guerra y pérdida de todas las colonias americanas excepto Cuba y Puerto Rico.
El segundo tropezón ocurrió durante la redacción de la Constitución de 1876.
Esta constitución nació contra una República que había fracasado al impulsar el federalismo, por tanto la Constitución propuso un Estrado centralizado con una idea de España como nación.
Sin tener en cuenta la experiencia de lo ocurrido 50 años antes y sin considerar los movimientos insurrectos de Cuba, en Plena Guerra de los 10 años (comenzó en 1868 y terminó en 1878), la Constitución fue otra oportunidad perdida para resolver los problemas de las colonias españolas.
El tratamiento dado a las provincias de Ultramar en la Constitución se reflejaba en el artículo 89. En él se decía que serian gobernadas por leyes especiales, aunque se autorizaba al Gobierno para aplicar a esas provincias, con las modificaciones que juzgue conveniente, las leyes promulgadas o que se promulguen para la Península. Cuba y Puerto Rico serian representadas en las Cortes en la forma que determine una ley especial. Es decir, no se variaba un ápice el tratamiento centralista, es más, en la disposición adicional segunda se suprimía la representación en Cortes para los territorios de ultramar que había reconocido la Constitución de Cádiz. Cánovas defendió este criterio hasta casi el 1898 en contra de algunos destacados militares como el general Martínez Campos quien había acabado con la Guerra de los 10 años con la Paz de Zajón.
No fue hasta 1897, cuando el partido de Sagasta ascendió al poder tras el asesinato de Antonio Cánovas del Castillo y el Consejo de Ministros comenzó a trabajar para otorgar a Puerto Rico y a Cuba sendas Cartas Autonómicas. Cartas que fueros publicadas en dos Reales Decretos en Noviembre de 1897. Recordaremos que la Guerra Hispano American acabó el 12 de Agosto de 1898. No se tomaron medidas a tiempo y cuando se quisieron tomar ya no había solución. Conclusión: perdida del resto del imperio colonial en América, Asia y el Pacifico.
¿Cometeremos ahora el tercer tropezón, o tendremos políticos capaces, imaginativos, con amplitud de miras, preocupados por el futuro de España y no solo por su carrera personal?
Es difícil a la vista de lo que se está haciendo en este momento y de lo que no se ha hecho hasta ahora. No vale la escusa de que hay una parte que no quiere dialogar o solo dialogar en una dirección. Peor lo teníamos las otras dos veces enfrascados como estábamos en sendas guerras y, al menos, la segunda vez se intentó.
El Estado dispone de suficientes recursos, personales y materiales, para encontrar soluciones.
No me gustaría que, pasados unos años, alguien se encuentre pensando en cómo evitar el cuarto tropiezo.
Joaquín de la Santa Cinta, es ingeniero aeronáutico, economista e historiador





