El Fantasma de don Agustín, ante el descoque con que mienten nuestros políticos, propone que apuntemos en una libreta las cosas buenas y las malas para acordarnos a la hora de votar

¡Por fin llegó agosto!
Sí, por fin llegó agosto, pero todo sigue igual por “la Casa”. Bueno, no todo. Este año, por lo que parece, no hay preparado viaje hasta el otro lado del Atlántico. No es cosa de que un rebrote de la pandemia, uno de tantos de esos que están saliendo por aquí y por allá, la pille a ELLA tan lejos.
¡Bastante fue ya con lo de la explosión en la calle Benigno Granizo! No tentemos a la suerte, ha debido pensar.
Aunque, visto lo visto, ya se sabe, que, no solo aquí en Pozuelo, sino en toda España, todo se termina por olvidar. Todo, incluso lo malo. Circunstancia que ha de ser debida, sin la menor duda, a que el cerebro, de los de por estos lares, no es capaz de almacenar los muchos despropósitos que se producen en la vida política.
Día tras día hay que dejar espacio libre a las novedades y se va perdiendo la noción de los más antiguos.
Los de arriba lo saben, lo saben y muy bien, y quizás por eso, vaya usted a saber, les resulta tan rentable eso de mentir. Lo hacen demasiado a menudo, no vayan ustedes a creer. Cuando lo hacen piensan, claro, que nunca les van a pillar.
Pero si lo hacen y les cogen en el renuncio, basta con aguantar unos días el chaparrón, y se mantienen a la espera de que un nuevo lío termine por tapar el anterior. Y como hay tantos, es lógico que se termine por perder el hilo de todos.
¡Con eso cuentan! Y por lo que voy viendo, parece que esa táctica no les va mal.
Una táctica que han ido refinando con la práctica, con la mucha práctica. Tal es así, que, si ven que la reacción popular es grande, tratan de desviar rápidamente la atención.
Se busca desesperadamente otro foco, lo más alejado posible de ellos. Y si no lo encuentran, o bien se lo inventan, o bien cargan las tintas mediáticas en alguno sin la menor importancia. Al final el resultado es el mismo: lo suyo se ha olvidado enseguida.
No sería nada descabellado la utilización de una libreta. Una de contabilidad. Una de esas en las que aparece del “debe” y el “haber”. En este caso, los apuntes contables no serían cantidades, sino actuaciones. Las buenas y las malas de los gobernantes. Se iría rellenando a lo largo de un mandato y así, cuando llegase la hora de acudir a las urnas, bastaría con un mero repaso a las anotaciones.
Ya no haríamos caso a lo que dicen sino a lo que tenemos apuntado.
Compararíamos la realidad que nos quieren vender con la que nosotros hemos ido anotando día tras día.
A fin de cuentas, esa libreta que les señalo no dejaría de ser nada más que un mero instrumento para que, poco a poco, las gentes dejasen de ser masa y fuesen, cada vez más, individuos.
Cosa que, créanme, les aterra a los de arriba.
Don Agustín “El Fantasma del Torreón”






