Tejero, basándose en una falsa queja vecinal, cambia los contenedores enterrados por los de superficie sin ninguna explicación racional y dejando un fuerte olor no solo a mierda

Leo en la revistita de Vive Pozuelo del mes de noviembre el siguiente titular: “Comienza el desmontaje de contenedores soterrados en 22 puntos de la zona centro”.
Una noticia que, a priori, pudiera pasar desapercibida.
Una noticia, además, acompañada de una explicación tranquilizadora:
los contenedores subterráneos serán sustituidos por otros en superficie (vamos, de los de toda la vida) porque, al parecer, algunos vecinos se han quejado de las dificultades de mantenimiento y limpieza.
Y aquí comienza lo verdaderamente interesante…
¿Quiénes son esos vecinos?
¿Cuántos son?
¿Representan a la mayoría de los residentes afectados?
¿Se ha realizado alguna consulta?
¿Existe algún informe técnico que justifique semejante decisión?
¿Se han comparado los costes, las ventajas y los inconvenientes de ambos sistemas?
¿A qué viene, realmente, este innecesario cambio?
¿Qué interés político o no mueve esta decisión?
Nada de eso se nos cuenta, por supuesto, como viene siendo habitual.
Se habla de los vecinos, esa entidad colectiva tan socorrida en la política municipal que, a veces, incluso parece representar a toda la ciudadanía.
Naturalmente, los contenedores soterrados no son perfectos. Requieren instalaciones específicas y su mantenimiento no siempre resulta sencillo. La cuestión es si sus inconvenientes justifican regresar a una solución que, precisamente, se había querido superar.
Porque los contenedores soterrados tienen ventajas evidentes.
Reducen el impacto visual, ocupan menos espacio en superficie y dificultan el acceso de animales a los residuos.
Permiten, en definitiva, mantener la basura un poco más aislada del entorno urbano.
No es una cuestión menor. La salubridad de una ciudad también se construye evitando que los residuos permanezcan expuestos y que los malos olores se conviertan en parte del mobiliario urbano.
Sustituir una instalación que necesita atención por otra que también la necesita no parece, en sí mismo, una gran revolución administrativa.
Lo revolucionario, en todo caso, es que el Ayuntamiento haya escuchado las quejas de los vecinos y que, atendiendo a sus reclamaciones, modifique el sistema.
¡El Ayuntamiento escucha a los vecinos!
Uno lee la frase y tiene que volver a leerla.
¿Estamos en Pozuelo?
Esta repentina sensibilidad participativa resulta casi conmovedora, abrumadora.
Resulta que, después de años de modernización de los servicios urbanos, de inversiones en infraestructuras y de esfuerzos por ocultar los residuos a la vista de los ciudadanos, ahora decidimos devolverlos a la superficie.
Una especie de arqueología inversa.
Enterramos los contenedores para que la ciudad parezca más limpia y, cuando descubrimos que las instalaciones necesitan mantenimiento, decidimos desenterrarlos.
¡El progreso, por lo visto, era demasiado complicado!
La historia ofrece ejemplos deliciosos de cómo las ciudades han tratado de resolver el problema de sus desperdicios.
Mi favorito lo ofrece el París del siglo XIX, donde los llamados chiffonniers, los traperos, recorrían las calles durante la noche con sus ganchos, sus sacos y sus linternas, rescatando papeles, trapos, huesos y cualquier objeto susceptible de ser aprovechado.
Constituían todo un mundo marginal y novelesco.
Hasta que llegó Eugène Poubelle, prefecto del Sena, quien en 1883 impuso el uso obligatorio de recipientes específicos para depositar las basuras.
Los traperos, que veían en aquella medida una amenaza directa a su forma de vida, comenzaron a llamar a los nuevos cubos de basura por el apellido del prefecto.
La denominación fue extendiéndose hasta popularizarse en toda Francia y acabar incorporándose al propio idioma: poubelle es, todavía hoy, la palabra francesa para designar el cubo de basura.
Desde entonces, las ciudades europeas han ido perfeccionando sus sistemas de recogida, tratando de reducir la exposición de los residuos y mejorar las condiciones higiénicas de sus calles.
París dejó atrás a sus traperos nocturnos y sus montañas de desperdicios.
Pozuelo, en cambio, parece que está dispuesto a recuperar el espíritu de aquella época, aunque sin los románticos personajes de Balzac.
Todo muy propio de esa España negra un tanto goyesca, exponiendo los fantasmas (entiéndanme, la basura) a la vista.
La comparación es, desde luego, exagerada. Pero también lo es presentar como una mejora indiscutible la retirada de un sistema que, con sus defectos, responde a una concepción más moderna del espacio urbano.
No se trata de defender a ultranza los contenedores soterrados. Si técnicamente se demuestra que la sustitución es la mejor alternativa, adelante. Pero antes convendría conocer los datos, escuchar a todos los afectados y explicar por qué se abandona una infraestructura que, en principio, debería ofrecer ventajas sobre el modelo convencional.
Y, sobre todo, alguien debería explicar qué sentido tuvo gastar hace apenas unos años dinero público en diseñar, construir e instalar estas infraestructuras si ahora resulta que el sistema es tan poco conveniente.
En Pozuelo, mientras nos anuncian que van a enterrar los antiguos fosos y colocar de nuevo los contenedores sobre las aceras, uno no puede evitar preguntarse si estamos asistiendo a una modernización del servicio de basuras o a una restauración del siglo XIX.
Eso sí, esta vez no tendremos que esperar a que llegue Eugène Poubelle para inventar el cubo de basura. Ya lo tenemos. Lo acabamos de sacar de debajo de la tierra para que las ratas, esas con las que nos hemos acostumbrado a convivir en el Gran Pozuelo, tengan más fácil el acceso a la mierda.
En cualquier caso, la inexplicable medida no deja solo olor a esa mierda si no a otra más espuria…
Vale.
Crispín





