La sensación de inseguridad que se vive en Pozuelo no se arregla con unos datos fríos y ‘cocinados’ del Ministerio del Interior sino con menos ‘samba’ y más trabajo policial en la calle

Hay conceptos que parecen pertenecer a mundos distintos pero que, en realidad, se comportan de forma sorprendentemente parecida. Hablo de la sensación térmica y de la sensación de inseguridad ciudadana como ejemplo perfecto.
La primera es la temperatura que percibe el cuerpo humano, influida por la humedad y el viento. La segunda es el temor que sienten los vecinos, influido por la falta de presencia policial en la calle y por los sucesos que se mueven boca a boca y que nos hablan de lo que le ha pasado al vecino o al conocido.
La sensación térmica no es una cifra objetiva. El termómetro puede marcar 30 grados pero, si la humedad es alta, el cuerpo siente mucho más calor y, si hay viento frío, la sensación es mucho menor que la temperatura real. Nuestro organismo busca mantenerse a unos 37 °C y reacciona ante cualquier desequilibrio. El resultado no depende solo de un dato físico sino de cómo lo interpreta nuestro cuerpo.
Con la inseguridad ciudadana ocurre lo mismo. Una cosa son los datos oficiales que proporciona el Ministerio del Interior para Pozuelo de Alarcón y otra muy distinta es la percepción de quienes vivimos aquí.
Según las estadísticas publicadas recientemente, la criminalidad en el primer semestre de 2025 ha subido un 5,5%. No es mucho. Pero ha subido. Las estafas informáticas, que se disparan un 68%, y otros ciberdelitos, que aumentan un 43% son causa fundamental.

Por lo demás, los datos que se reflejan, vistos fríamente, no son más que cifras “simbólicas”. Las cifras son muy pequeñas y las variables casi imperceptibles. Pero intente explicárselo al vecino al que le han entrado en casa. O a la joven que ha sufrido una agresión.
¿Van a sentir menos miedo porque el Excel del Ministerio diga que son pocos casos? Evidentemente no.
Eso sin contar con la “cocina” que han sufrido esos datos. No son creíbles aunque con estos bueyes tengamos que arar.
Pero no es ese el problema. El verdadero inconveniente es que la sensación de inseguridad se queda en las calles de Pozuelo. No se borra con notas de prensa ni con porcentajes.
Y es fácil saber la causa: La Policía Municipal por las aceras. Ni de día ni de noche. Bueno, de noche nada. Y la Policía Nacional siempre va en coche. Ni la una ni la otra tienen contacto real con los vecinos. Y la gente no percibe protección ni cercanía. Y entonces, la seguridad, como la temperatura, no solo se mide, se siente. Y se siente inseguridad.
Un barrio puede tener cifras de criminalidad bajas y, sin embargo, sus vecinos vivir con miedo. No hay confianza en el sistema de protección. Y menos cuando sabes que se han producido hechos delictivos cerca. Y, repito, no se ven patrullas caminando por las calles. Falta ese gesto sencillo que genera tranquilidad: un agente saludando, observando, conociendo a la gente.
La estadística puede ser fría y correcta, como un termómetro de precisión. Pero la sensación de inseguridad funciona como la sensación térmica. No importa lo que diga el número, importa lo que perciben las personas. Si la humedad del miedo sube, si el viento de la desconfianza sopla fuerte, la sensación de inseguridad se dispara.
Y termino dejando una pregunta en el aire, que no es retórica:
¿Qué pasará en Pozuelo cuando, en vez de ver policías por las calles, veamos a 400 menores inmigrantes no acompañados deambulando por nuestras calle?
Pozuelo de Alarcón no es Nueva York. Ni siquiera Madrid donde se puedan diluir y, para aquellos que se la cogen con papel de fumar, solo es una pregunta sobre una posibilidad aunque no tan lejana.
Si ahora, con cifras bajas, los vecinos ya sienten inseguridad, ¿qué ocurrirá cuando la percepción de riesgo se multiplique?
La política puede seguir enseñando números pero la gente seguirá sintiendo la temperatura real… o peor aún, su sensación térmica de inseguridad.
Amigos, la seguridad, como la temperatura, no se mide solo con instrumentos.
Se mide (y se vive) en la piel de cada vecino.
Manolo Pérez






