El Fantasma de don Agustín ensalza la figura política de la canciller alemana Merkel y pide que el lector haga las comparaciones adecuadas con la líder actual de Pozuelo y no se deprima

La retira de la escena política la canciller Merkel.
Según cuentan, quienes la han conocido bien, su gran activo ha sido la gestión. Entendía que estaba en el puesto para resolver problemas, no para crearlos. Que se tomaba su tiempo para decidir. Que estudiaba los asuntos a fondo.
Que escuchaba diferentes opiniones antes de decidir el camino a tomar. Que no era de improvisaciones ni de actuar en caliente. Que en su quehacer era más importante la cabeza que el corazón. Que no actuaba, pues, con las tripas.
Dicen que cuando se encontraba frente a un problema, sopesaba los pros y los contras de cada opción a tomar y decidía al final, no en función de su ideología política, sino pensando cuál de ellas era la mejor.
Es cierto que algunas de esas decisiones, a lo largo de sus varios mandatos, han podido ser equivocadas. Pero todavía tengo muy presentes unas imágenes en las que reconocía su error. Reconocía no haber tomado la mejor decisión. Y no únicamente eso, sino que pedía perdón a los ciudadanos por haberla tomado y, sobre todo, que asumía toda la responsabilidad por ello.
Quienes han tenido ocasión de conocerla refieren que consideraba que era mejor llegar a acuerdos que imponer su voluntad. Que en una negociación era mejor llegar a consensos que vencer en el proceso.
Y que cuando tomaba una decisión, que consideraba era la acertada, ponía todo su empeño y su trabajo para llevarla a cabo.
Quienes la han conocido dicen, de ella, todo eso. Y debe ser verdad.
Y todo eso ha sido así, a parte de su carácter personal, porque su objetivo, su único objetivo político, era conseguir lo mejor para su país y para sus ciudadanos. No lo era su propia persona. No lo eran sus propios objetivos personales.
No se vanagloriaba de su puesto. Únicamente cumplía con su trabajo. Cumplía con su responsabilidad.
¡Para quitarse el sombrero!
No, aunque crean que lo voy a hacer, me voy a resistir a entrar a hacer comparaciones. No las voy a hacer a ningún nivel de gobierno. Ni desde el que resulta más cercano al vecino de esta villa, ni al que se refiere al país en su conjunto.
No las voy a hacer, porque no creo que sean necesario.
Les dejo esa entretenida tarea a quienes lean estas líneas. Les sugiero que la realicen ustedes mismos.
Y, por favor, ¡no se depriman con las conclusiones!
¡Es lo que tenemos
¡Es lo que hemos votado!
Don Agustín “el Fantasma del Torreón”






