El Fantasma de Don Agustín reflexiona sobre esta precampaña marcada por los sucesos de Vallecas en los que la izquierda radical trató de impedir por la fuerza el debate en libertad

Lo escuche el otro día. No sé a quién, pero eso carece de importancia al ser cada vez más los que podrían decirlo, aunque todavía no hayan reparado en ello. “Si no lo pienso, estoy seguro de a quién voy a votar, pero si me pongo a pensar resulta que no lo tengo nada claro”. Ese fue el comentario.
Es el resultado de depositar los votos con las tripas en vez de con la cabeza. Es el resultado de seguir a pies juntillas los eslóganes de los partidos. El sentir en vez de pensar. El votar “en contra de” en vez de “a favor de”.
Cada vez, los partidos, sus estrategas, sus expertos en comunicación lo emplean más. La frase corta, el mensaje conciso, aquello que llega al corazón de los votantes es lo que se usa y de lo que se abusa.
Con ello, quieren llevarse al huerto la voluntad de los ciudadanos. Con ello, pretenden conseguir cada uno los escaños que necesitan. La mecánica electoral no pretende convencer sino motivar. Y la utilización de esos métodos no puede conducir a otra cosa que a la polarización. A la división y al enfrentamiento. A convertir al adversario político en enemigo.
Los dirigentes, en sus intervenciones, se dedican más a descalificar al adversario que a lanzar sus propias propuestas. Da la impresión de que hemos retrocedido en el túnel del tiempo y que estamos otra vez en el “no pasarán”, con la diferencia de que, en esta ocasión, ese lema se esgrime desde los dos lados.
Pero algunos no están satisfechos con esto, quieren ir más allá, están decididos a ir más allá y lo llevan a la práctica. Si las palabras no bastan, si andan escasos de argumentos, siempre les queda un recurso en la recámara: utilizar como método político la coacción.
Y eso es exactamente lo que sucedió días pasados en Vallecas. Se impide el debate, se coarta flagrantemente la libertad de expresión de los contrarios. Se impide la libre exposición de las ideas para imponer, como única y definitiva razón, la fuerza.
Pero actuaciones como esa, que puede servir para aumentar el fervor de los ya convencidos, les descalifica totalmente para actuar en democracia. Esa es su verdadera tarjeta de presentación. Lejos de lo que dicen, está lo que hacen.
Comportamientos de esa índole son siempre reprobables, pero, al menos, serían comprensibles en un grupo antisistema. El problema es que quienes lo alientan, o promueven, forman parte del gobierno de la nación. Se sirven del sistema para llevar a cabo su lucha antisistema. Como diría un castizo: quieren estar en misa y repicando.
Dicen luchar desaforadamente contra el poder y sus prebendas, pero no las utilizan descaradamente en su propio beneficio.
Aunque claro, a lo peor, toda la culpa es de quién se lo consiente porque, tal vez, le va la marcha.
Don Agustín “el Fantasma del Torreón”





