Pozuelo Prestigio: En recuerdo de Benito Pérez Galdós, el mayor novelista español después de Cervantes, en el centenario de su muerte y como homenaje a su relación con la Villa

Mañana día 4 de enero se conmemora el centenario de la muerte del gran escritor que fue Benito Pérez Galdós (1843-1920).
Pérez Galdós tuvo con Pozuelo de Alarcón una relación esporádica y poco placentera de la que dejó testimonio en un artículo del cual hablaremos después.
Antes veamos quien era el Galdós que vino por aquí por primera vez, lo que posiblemente nos ayude a comprender las palabras del entonces jovencísimo escritor.
Cuando estaba a punto de cumplir los diez años de edad Benito fue internado en el Colegio San Agustín de Las Palmas de Gran Canaria, bilingüe español-inglés, para cursar el entonces llamado bachillerato elemental.
Cuatro años después pasa a estudiar bachillerato superior, rama de Artes, en el Instituto de La Laguna (Tenerife) donde destaca por su habilidad en el dibujo y en tocar el piano. En esos años de estudio Benito colabora en la prensa local con relatos e incluso poesías satíricas.
En 1862, a los diez y nueve años, obtiene el título de bachiller. Su idea es comenzar el curso siguiente estudios de Derecho en la Universidad de la Laguna.
Pero, llega a Las Palmas su prima Sisita y el joven Benito se trastorna emocionalmente. Su madre, de origen vasco y de “fuerte carácter”, como la definiría el escritor años después y que es quien manda en casa aunque se marido sea coronel del ejército, decide que el chico tiene que ir a Madrid para estudiar Derecho. Y aquí llega en septiembre de ese mismo año.
Se matriculó en la universidad, donde conoció a Giner de los Ríos, pero no iba demasiado por allí. Él mismo escribirá años más tarde: “Entré en la Universidad, donde me distinguí por los frecuentes novillos que hacía, como he referido en otro lugar. Escapándome de las cátedras, ganduleaba por las calles, plazas y callejuelas, gozando en observar la vida bulliciosa de esta ingente y abigarrada capital. Mi vocación literaria se iniciaba con el prurito dramático, y si mis días se me iban en “flanear” por las calles, invertía parte de las noches en emborronar dramas y comedias. Frecuentaba el Teatro Real y un café de la Puerta del Sol, donde se reunía buen golpe de mis paisanos”. (B. Pérez Galdós, Memorias de un desmemoriado, cap. II).
También iba por el Ateneo donde conoció al crítico y novelista asturiano Leopoldo Alas “Clarín” quien le animó a seguir escribiendo y con quien hizo una larga amistad.
Otro visitante asiduo de esta institución era el periodista Ricardo Medina, quien apreció la excelente capacidad del joven canario como escritor, y lo recomendó al exministro Pascual Madoz, famoso por la desamortización de 1855, a la que dio nombre, y por el Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar. Madoz invitó al joven Benito, veintidós años, a colaborar gratis en el periódico La Nación. Éste aceptó y comenzó a escribir crónicas de los lugares que visitaba en tren.
Uno de esos lugares fue Pozuelo donde había llegado el tren por primera vez cinco años antes (1861).
Entonces en nuestra villa “la actividad económica apenas rebasaba el autoconsumo o el comercio al por menor de cereales y derivados de la escasa ganadería, la actividad artesanal y comercial se circunscribía al autoconsumo de la localidad”. (MORÓN GARCÍA, Mª. Esperanza: Pozuelo de Alarcón1600-2000. Madrid, 2016).
Es decir: Pozuelo era una localidad eminentemente rural, aunque desde que llegó el tren estaba cambiando, sobre todo en el barrio próximo a la estación del ferrocarril, donde la burguesía madrileña comenzaba a construir hotelitos (los que hoy llamaríamos chalets).
Benito Pérez Galdós llegó aquí en 1866, tenía 23 años y a pesar de su excelente formación intelectual era un urbanita puro, (¿hoy lo llamaríamos pijo?), es decir los ambientes rurales y campestres, como Pozuelo, no le gustaban demasiado. Por eso de nuestra villa, nada refinada entonces, dijo: “En cuanto a veraneo, no es necesario decir que la Corte refrescará en la Granja, […] y nosotros, y otros como nosotros, en Pozuelo, pueblo que no está en el bajo Rhin, ni en la Silesia ni en el Tirol, sino a dos o tres leguas de Madrid; pueblo esencialmente plebeyo, donde no hay hoteles, ni partidas de lanscanet, ni carreras de caballos, ni ninguno de los pasatiempos fastuosos con que la gente des high life entretiene los ocios del mes de Agosto; en Pozuelo no hay tampoco frescas alamedas ni grutas umbrías, ni florestas, pero hay, en cambio, eriales magníficos donde puede uno convertirse en liquido; barrancos donde se puede adquirir unas confortables tercianas, y no falta un poco de sombra junto a una roca habitada por alimañas de verano, donde leer La Correspondencia o La mujer adúltera”.
Las que no le produjeron demasiado menosprecio fueron las tabernas: “En Pozuelo encontrarán también nuestros lectores buen vino de Valdepeñas, escabeche de Laredo, y aceitunas sevillanas, triple ración que bastará para mantener dichosamente sus días felices. Únese a esto la facilidad para pasar a Madrid […]. (PÉREZ GALDÓS, Benito: Crónicas de Madrid (1865-1866). Castro, S.A. Madrid, 1933, Págs. 161-162).
A los pozueleros de la época, si es que se enteraron, no les molestó la descripción, hecha por un joven de veintitrés años de edad y prácticamente desconocido, porque no decía ninguna mentira.
Pocos años después cuando ese joven ya no lo era y se había convertido en un escritor prestigioso le dieron su nombre a una de las principales calles del pueblo.
No duró mucho su recuerdo porque en 1878 falleció la reina Mercedes y para consolar a su viudo el rey Alfonso XII, quien dos años antes había honrado a Pozuelo con su presencia al regresar del Norte tras la tercera guerra carlista, los pozueleros cambiaron el nombre a esa calle y la llamaron de la reina Mercedes, que es como hoy se sigue llamando.
Domingo Domené
POZUELO PRESTIGIO





