El presunto descuartizador de Majadahonda, muy puntilloso, leyó la orden de registro y quiso impugnarla por las faltas de ortografía

(27-04-15) «¿Podemos entrar para ver si está Adriana?», le preguntaron los agentes. «Pasen, pasen. Aquí no está. Se marchó», respondió Bruno, cortés. Era 6 de abril.
La amabilidad del casero se torció ante las preguntas de los funcionarios. Volvieron un día después, ya con una orden de entrada y registro. Todo pintaba muy mal y la Guardia Civil halló los primeros indicios que apuntaban a que la desaparición de la inquilina no era, ni mucho menos, voluntaria. Precisamente fueron una tuerca y una cuchilla halladas en ese primer registro las que condujeron a los agentes hasta la trituradora de carne que ocultaba en el garaje, que se ha convertido en la principal prueba incriminatoria contra el casero. La minuciosa inspección duró ocho horas.
Estaba tratando de desmontar sus piezas para deshacerse de ella como, según sospechan los encargados del caso, hizo con la víctima. La hipótesis con la que trabajaban es que la mató tras una discusión, la descuartizó y trató de picar sus restos. No lo logró, por lo que los arrojó a varios contenedores. El cadáver troceado habría acabado en el vertedero de Pinto, en donde se busca entre una montaña de 20.000 toneladas de basura.
El sospechoso, extremadamente frío y calculador, se leyó de cabo a rabo el auto de entrada y registro. «Se fijó hasta en las faltas de ortografía. Trató de impugnarlo sin éxito. Estaba escrito ‘libertat’ en vez de ‘libertad’», precisaron las fuentes consultadas por ABC.
Si bien consideran que no planeó el crimen, sí maquinó eliminar los flecos pendientes. Así, cortó la comunicación con su familia, alegando que «era muy feliz. Se había enamorado y se iba a vivir al extranjero». Se llevó el móvil de ella a Barcelona para dejar pistas falsas, su portátil y su coche, que creen que pensaba vender bajo cuerda. En la segunda inspección del chalé, el día 20, se recabaron hasta 200 muestras biológicas. La mayoría estaban en el salón, cocina, garaje y baño. Ahora se está a la espera de los análisis de Criminalística.
Los investigadores sospechan que Bruno mató también a su tía, Lidia Hernández, a la que habría arrojado también a la basura. ¿El motivo? Una disputa porque ella puso a la venta el chalé. Según él, la ingresó en una residencia en Ávila. No aparece por ningún lado y lleva unos tres años cobrando la pensión, sin realizar ni un solo reintegro. Un misterio más por desvelar.






