Reflexiones de “El Fantasma de don Agustín” sobre el miedo que reina en el Ayto de Pozuelo, en general, y más en los que entran a pedir algo legítimamente y lo asumen como algo normal

“No he de callar por más que con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente
silencio avises o amenaces miedo”.
Siempre me ha sido relativamente sencillo el poder intuir, con relativa facilidad, lo que la gente siente realmente, aquello que guardan celosamente en su interior: sus emociones. Lo que esconden en su interior y que tratan, de forma consciente o inconsciente, de que no se manifieste exteriormente: la alegría, la tristeza, el amor … y el miedo. De todas ellas es esta última la que me es más fácil detectar. No solo puedo sentir el miedo en las personas, sino que incluso hasta puedo olerlo.
Tal vez se deba esta virtud a las experiencias que tuve en mi anterior vida, mi época en la zona oscura, cuando me dio por invocar de vez en cuando al Maligno y realizar tratos con él, intentando conseguir aquello que para el resto de los mortales era de natural imposible. He de reconoceros que no fueron momentos fáciles. Con ellos siempre caminabas sobre el filo de la navaja. Era difícil, muy difícil que salieran bien. Yo lo sabía.
Ahora, en “la Casa” lo he vuelto a sentir muy de cerca, me basta para ello con deambular por sus pasillos, con observar los rostros demudados, … con escuchar retazos de conversaciones. Y no únicamente de los que aquí laboran, sino de muchos de cuantos aquí acuden para intentar ver satisfechas algunas de sus legítimas pretensiones. Es una emoción, esta del miedo, muy extendida por estas dependencias.
No sé si los mortales, que por aquí rondan, son muy conscientes de ello. O tal vez sí, pero en cualquier caso pareciese como si, tras experimentarlo con demasiada frecuencia, hubieran ido acomodándose a convivir con ello.
Y ese acostumbramiento, a fe mía, siempre ha de terminar por resultar muy peligroso, porque no los ha de llevar sino a ver atenazadas sus voluntades y a entorpecer sus entendimientos.
Allá, en mis años de vida real, de eso hace ya demasiado tiempo, tuve ocasión de conocer lo peligrosas que pueden llegar a ser las malas artes, de saber de sus innumerables recovecos, de comprobar lo largos que pueden ser sus tentáculos, y hasta donde pueden llegar sus intrigas. Nadie, por tanto, ha de intentar convencerme, de lo difícil que puede llegar a ser el combatirlas.
Pero también aprendí que, manifestar debilidad frente a ellas, solo conduce a la terrible situación de que quién las lleva a cabo, en vez de ir moderando progresivamente su proceder, haciéndolo más noble y juicioso, no solo no ceja de su camino inicial, sino que continúa irremisiblemente perseverando en el mismo.
Como ningún acontecer humano es nuevo, por eso me he decidido a comenzar este relato con unos versos escritos por un gran contemporáneo mío, un tal Don Francisco, que poseyó un gran ingenio e ironía y al que desgraciadamente no tuve ocasión de llegar a conocer personalmente. Él solía frecuentar la corte y yo me encontraba entonces muy alejado de ella. Suyos son también éstos, con los que finalizo.
“¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?”
Don Agustín “el fantasma del Torreón”






