Una ciudad, como Pozuelo, sin concejal de seguridad camina directa a la autarquía policial: El vacío de poder político que genera es la puerta abierta para llenarse desde dentro

Estimado Capitán:
En contra de su criterio, creo que es un error político que la alcaldesa se encargue de la Seguridad de Pozuelo de Alarcón y, por eso, le escribo estas líneas argumentando mi opinión. Creo que la señora Tejero no sabe donde se mete y este escrito espero que la haga reflexionar.
Y le aseguro que lo escribo sin acritud. Solo desde la experiencia y desde esta ciudad.
Y es que esta decisión institucional no es un simple acto administrativo sino que implica riesgos estructurales de primer orden y de consecuencias imprevisibles.
Eliminar la Concejalía de Seguridad en esta ciudad y entregar todo el control del área directamente a la alcaldía, dejando la supervisión diaria en manos de un solo mando policial es un error de libro.
Es una medida, sin duda, que se vende como eficiencia pero en realidad abre la puerta a algo mucho más peligroso. A la concentración del poder operativo y del poder informativo en un único núcleo policial sin contrapeso político. Y en el Cuartelillo de la calle San Juan de la Cruz, como dice usted, ya conocemos al personaje que vino, como caído del cielo, a mandarnos y su forma de actuar.
Y esa forma de actuar, en cualquier municipio, por pequeño o grande que sea, tiene, presuntamente, un nombre muy claro a tres centímetros de la autocracia policial. Y sería tremendo.
Es cierto que el concejal Moreno era ninguneado cada dos por tres pero ahora sin concejal de Seguridad, la policía deja de estar mínimamente controlada (al menos había temor por lo que podía contar en el Ayuntamiento) para empezar a controlarlo todo.
El concejal de seguridad no es un adorno. No es un puesto protocolario. Es la pieza que garantiza, al menos en Pozuelo de Alarcón, que la policía no se supervise a sí misma. Que las decisiones internas no se conviertan en dogma. Que la información no se filtre según conveniencias y que las prioridades del municipio no dependan de la voluntad de un despacho dentro de la comisaría.
Cuando esa figura desaparece, la cadena de mando se transforma en una autopista de un solo sentido. Todo lo que la alcaldía sabe es lo que esa jefatura decide contarle.
No hay contraste.
No hay supervisión.
No hay verificación.
No hay control externo.
Eso no es eficiencia. Eso es un vacío de poder político que alguien llenará desde dentro. Estoy seguro. Y, aunque parezca que exagero, se corre el riesgo de que esa jefatura se convierta en un gobierno paralelo.
Cuando nadie revisa, nadie pregunta, nadie exige y nadie está presente cada día dentro del servicio, ocurre lo inevitable ya que se ocultan tensiones internas, se maquillan problemas, se manipulan datos, se presionan criterios, y se genera un ecosistema donde la única verdad válida es la que sale de un despacho concreto.
Así es como nacen las autocracias institucionales.
No de la mala intención, sino de la ausencia de límites.
Una ciudad sin concejal de seguridad no tiene un garante político. Tiene un vacío. Y en los vacíos siempre crece lo mismo, el poder absoluto de quien controla la información.
La alcaldía no puede vigilar lo que no ve.
Centralizar la seguridad en la alcaldía suena bien. Hasta que se enfrenta con la realidad:
No puede estar en la jefatura mañana, tarde y noche.
No puede escuchar al servicio, patrullas, voluntarios, mandos y administrativos.
No puede detectar lo que se silencia.
No puede ver lo que no le enseñan.
Eso solo puede hacerlo un responsable político presencial, específico, dedicado y conocedor del servicio, o sea, un concejal de seguridad.
Cuando falta ese responsable, la policía queda sin control político diario.
Y una policía sin control político diario es, inevitablemente, una policía que opera para sí misma. Como casi ahora pero que, a partir de ahora, no tendrá el casi.
Capitán, dígale a la Alcaldesa que se tape. Que no se pegue un tiro en el pie. Sin supervisión política, la seguridad se convierte en un poder autónomo. Créame. Lo sé.
Quitar la concejalía de seguridad no es una modernización. Es una renuncia.
Una renuncia al equilibrio de poderes, a la transparencia y al control democrático.
Una ciudad sin concejal de seguridad es una ciudad que se sienta sobre un barril de pólvora institucional y que perdonen mi suspicacia.
Y es que cuando un solo mando acumula la operativa, la información, la interlocución y la capacidad de decidir qué se cuenta y qué no, como está pasando en Pozuelo de Alarcón, el municipio deja de tener una policía municipal y empieza a tener un poder policial municipal.
La diferencia es abismal.
Y las consecuencias, irreversibles.
Dígaselo.
Juan Pozuelo






